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Celia II
Celia II

Una mirada honesta al pueblo Rarámuri.

Diego Osorno - Nuestra Aparente Rendición
http://nuestraaparenterendicion.com/index.php?option=com_k2&view=item&id=457:mundo-enfermo&Itemid=104

Si lo que les gusta es que les cuenten los cuentos, entonces escuchen la historia en este link. Si prefieren leerlo con calma, entonces ahí les va:

Sierra Tarahumara, Chihuahua.- La tarde tiene luz. El sonido caudaloso del tren se derrama como si fuera el ruido de la corriente de un río recio que sube y baja las montañas de la sierra. Silbido de acero bordeando blancas manadas de nubes. Los vagones enrielados serpentean abismos y rocas que desde cierto ángulo toman la forma de jirafas, ranas y otros animales gigantes, petrificados para siempre por el paisaje. En cualquier dirección se domina un inmenso panorama: hacia el norte, las montañas; hacia el sur, más montañas que parecen estar suspendidas en el aire. Un empinado e interminable despeñadero se ve al horizonte. La vida fluye a pie. Del olor predominante del aceite se pasa al olor del encino, del movimiento de las máquinas al de las cabras que pastorea una joven indígena mientras camina el crepúsculo del atardecer y se acomoda su pañoleta naranja, el vestido volado por el vendaval. Envueltos en silencio, los rarámuris siembran maíz y fríjol, trozan leña. El sendero empieza a descender. Niños desnutridos corren tras el viento. ¿Cuántas estrellas tiene el cielo? La soledad de muchas noches tarahumaras es dura como esta piedra.

La Ciudad, con mayúsculas, está muy lejos de aquí.

Endeble. Un tambaleante equilibrio basado en la relación entre el indígena y la naturaleza marca el transcurrir de los días en las comunidades rarámuris. Si no llueve lo suficiente o si los rayos del sol son demasiado severos con la planta, es un hecho que la milpa no crecerá buena. Y si la milpa no sale buena, ¿con qué maíz se hará el pinole? Y si no hay pinole: ¿qué comerá entonces el rarámuri mientras llega la temporada de los hongos y las muchas hierbas? Además, cuando no hay suficiente comida, no hay suficiente energía. El hombre anda flaco y cansado. Y si el hombre anda flaco y cansado, ¿quién sembrará la milpa de nueva cuenta? Y si nadie siembra la milpa, ¿qué comerá la comunidad? Si la comunidad no come, la comunidad se extinguirá, porque se irá de ahí o morirá.

Una niña de 4 años de edad está enferma de diarrea por la mañana y al día siguiente sus padres ya están juntándole las pocas cosas que tuvo en vida, para enterrarla con ellas, envuelta en una cobija rota y vieja. Las muertes por desnutrición en estas rancherías alejadas están por todos lados, todos los días. Morir de hambre no es un drama en sí mismo para los rarámuri. Situación crónica, dicen los informes.

El drama que sí discuten los Gobernadores indígenas en sus asambleas, lo que ellos no entienden, lo que no se explican a bien es por qué en los últimos 30 años el clima ha cambiado tanto, por qué en Octubre llueve más que en verano, o por qué el verano tiene lluvias en el mes de julio. Por qué ahora llueve mucho menos, por qué se siente que el sol quema más, que hay más calor, por qué la granizada, por qué el soplo aplastante.

Y estos cambios climáticos aquí son letales. Hacen que el campo esté traspasado de luz y cansado. De por sí, para donde volteas, en la sierra Tarahumara hay más piedra y árboles que tierra. Los rarámuri llegaron varias decenas de años atrás, desplazados de los campos que tenían allá abajo, en lugares como Ciudad Cuauthémoc y Parral, donde ahora menonitas y empresarios usufructúan cultivos fecundos. “Bienvenidos a la región de la mejor manzana del mundo”, dice un letrero oficial que está a la entrada de las tierras que la “civilización” les quitó a los rarámuri no sin antes ofrecerles quedarse a vivir ahí, pero como peones, siervos.

La manera de resistir de este grupo indígena estimado en la actualidad en más de 60 mil personas, no fue enfrentar al invasor. Su resistencia consistió en alejarse, venirse a la sierra, donde el suelo es más forestal que agrícola y donde por entonces no había blancos, mestizos o mexicanos que quisieran cambiarles sus costumbres, imponerles nuevos modos. A los blancos, los mestizos y los mexicanos, los raramuris los llaman “chabochis”. Chabochi quiere decir hombre con arañas en la cara, hombre barbado, pero también significa abusador, explotador, avaro, el que quiere todo para él.

Fuera del programa oficial de discusiones sobre el cambio climático global, en la comunidad de Sisoguichi, del 4 al 6 de marzo, los Gobernadores rarámuris se reunieron en asamblea general y tocaron el asunto, según su modo. Hablaron de sus derechos como indígenas y de la resistencia cultural, del agua que antes no se vendía y ahora sí, del árbol que ahora se mata y se hace dinero, del aire que antes no era mercancía y ahora sí. La Pastoral Indígena de la Diócesis de la Tarahumara hizo una relatoría del encuentro celebrado en estas montañas.

¿Qué está pasando en nuestras comunidades?, empezaron por preguntarse los representantes indígenas. Los de los pueblos al Occidente respondieron que los hoteles han contaminado el agua, que el comisario ejidal ha vendido sin consultarlos, que hay saqueo de leña, piedra y amenazas, que no hay participación de la gente en la Iglesia, sobre todo de los jóvenes, que están perdiendo sus costumbres y que hace falta que respeten.

Los del norte contestaron: Ya no estamos comiendo nuestras comidas, estamos perdiendo la costumbre de las fiestas, no hay presencia de gobernador y no se respetan las fiestas patronales. Y en el centro de la sierra, la preocupación mayor es que los jóvenes rarámuris que emigran cambian sus pensamientos de las tradiciones de la cultura (golpean a las autoridades) e invitan a los chabochis a las fiestas y ellos no tienen nada que ver; se drogan.

Uno de los indígenas participantes en la reunión, Pancho Palma, tomó la palabra y dijo que los blancos trabajan para ganar dinero, que el dinero crea división y que por culpa de él, los mestizos pelean para ganar un puesto. “Y si nosotros como indígenas seguimos el mismo paso, nos va a pasar lo mismo y se va a acabar nuestra costumbre”.

Al poco rato, Rafael Sandoval, el Obispo de la Diócesis de la Tarahumara, les dijo a los gobernadores en asamblea: “Ustedes son los más antiguos en esta tierra y por lo tanto los más sabios. Sus antepasados buscaron sinceramente a Dios y a sus mandatos. Yo les pido perdón porque muchas veces los mestizos hemos negado su religiosidad, su cultura, costumbres, siendo que Dios siempre ha estado con ustedes. Dios lo único que quiere es que sean ustedes mismos. Recuerden que Dios está contento cuando ustedes trabajan, cuando Yúmari, cuando rezan, cuando bailan, cuando tocan. El cielo se alegra. El dinero echa a perder a la gente. Ustedes no acumulan y son más felices”.

El rarámuri es una persona que sabe compartir. Es muy diferente al egoísmo que hay entre nosotros, platica Javier Ávila, sacerdote jesuita y activista de derechos humanos en la región. La historia del progreso para este grupo indígena, dice Ávila, consta de tres falacias. La primera falacia fue la de las minas. Llegaron y dijeron que la riqueza mineral iba a traer el bienestar a los rarámuris, pero quedaron peor, con cerros agujereados y devastación. La segunda fue el oro verde. En los setentas, empezó la explotación industrial del bosque y quedó peor aún. Menos arroyos, menos agua, menos árboles. “Y el gobierno se pavonea ahora diciendo estúpidamente que les va a enseñar a cuidar ahora el bosque, cuando ellos fueron los que lo destruyeron ¡Por dios!”, se exalta el sacerdote. Ahora, continúa Ávila, aparece una tercera falacia: la falacia del turismo. Como el paisaje se convirtió en un artículo de consumo, ahora hay interés en la sierra, aunque no en los rarámuris. “Yo la verdad no sé donde tienen la cabeza estos señores… o mejor dicho, donde tienen el corazón… Si es que tienen”.

“Ellos (los rarámuri) cada vez ven con mayor tristeza lo que pasa, que el blanco tenga que engañar y robar para vivir. Ha habido varias reuniones de gobernadores para saber lo que pasa. Han tratado lo que es la autonomía y también el cambio climático en sus reuniones”. Hace unos meses, varios gobernadores indígenas fueron con el sacerdote jesuita y le pidieron su ayuda para gestionar ante el gobierno el retiro de una estatua colocada por el gobierno en El Divisadero, un mirador donde se estaciona el tren, hay un mercadillo, un hotel de gran lujo y desde donde se aprecian las Barrancas del Cobre, definidas como una de las 13 maravillas de México por TV Azteca. Dos perros chihuahueños vestidos con la tradicional banda y las ropas de los raráramuri eran la escultura colocada ahí, el lugar considerado como punta de lanza de la nueva falacia de la sierra, como le llama Ávila a los proyectos megaturísticos. “Hay un gran proyecto turístico aquí en la Tarahumara y lo que menos le importa al gobierno, en este tipo de proyectos, es lo social. Este nuevo proyecto económico neoliberal tiene el camino del engaño. Dicen que va a venir mucha gente y para esa gente, el indígena es borracho y es flojo. Esa gente nunca ha venido a conocerlos directamente, más allá de estereotipos”, arenga el cura defensor de derechos humanos.

¿Y qué reacción se prevé de los rarámuri?: La reacción –contesta Ávila- quizá será la que ha sido siempre. Callarse y retirarse. El raramuri no es agresivo, no saca la metralleta y dice: ¡Ya basta! Así ha sido en la historia, tras el engaño de la minería primero, de la industria forestal luego. Ellos confían y luego se ven engañados y se alejan. Ahora tal vez ocurra lo mismo. O no.

Un antiguo seminarista que lleva viviendo treinta años en la sierra, Luis Octavio Híjar piensa que el rarámuri es distinto al indígena del sur, el cual suele ser menos dejado. Este hombre que coordina proyectos en la Fundación Tarahumara José A. Llaguno, cuenta que desde que llegó a vivir acá, ha presenciado una enorme cantidad de abusos en contra del indígena. “Nosotros veíamos cómo llegaban las producciones de Hollywood, cómo venía la raza y se los fregaba, porque los filmaba y se metía a sus comunidades y en lugar de darles algo de lo mucho que sacaban con sus películas, sólo los aprovechaban y se utilizaban, pero a los rarámuri no se inquietaban por eso. Para los rarámuri, entre más tengas, está más mal visto”.

¿Cómo escribir un reportaje sobre lo que sucede en esta sierra Tarahumara, sin caer de alguna forma en eso, en escribir sobre los rarámuri con un toque de drama, algo de comedia y un poco de acción, la fórmula hollywodesca que quiere el consumidor? Le hago esa pregunta a Híjar. Cómo lo haría él. Y me dice que en un artículo sobre los rarámuri, lo primero que haría sería decir lo que significa la pobreza y el hambre para ellos, porque para ellos el hambre significa cuando no hay maíz. Y con nosotros es diferente. Para nosotros pobreza es el que no tiene drenaje, agua, luz, pero cualquier indígena carece de eso. Para ellos, pobre es aquél que desea algo y no lo tiene. El rarámuri quiere comer. Para él comer es tener comida y tener comida es tener maíz. Y ya. El rarámuri no se siente pobre. Le da lástima el chabochi, porque él es hijo de dios, y el chabochi es el hijo del diablo.

Mira – me dice con su voz algo enronquecida- la liberación de los rarámuri es que los dejen ser como son.

Platiqué sobre eso con un matrimonio de rarámuri que se había ido a la ciudad de Chihuahua por una temporada. Él era albañil. Ella era sirvienta en una casa. La impresión de Chihuahua que habían conservado en su mente era la de un sitio donde solamente se hablada de dinero y el dinero servía para todo, en especial servía para vivir. Sin dinero no se podía vivir, no se podía conseguir comida, no se podía caminar en algunos lugares, ni sentarse en otros y ni siquiera se podía beber agua. Con dinero sí podías hacer cualquier cosa: el que tenía dinero compraba valor y era valiente, aunque fuera un cobarde.

Estudios antropológicos relatan que antes de que esta región fuera ocupada por los mexicanos, los rarármuri ignoraban la existencia de la pobreza. Varios indígenas cristianizados creen el infierno está tan abundantemente poblado de mexicanos que ya no queda lugar para los indígenas, y que los mexicanos que no han cabido allí, se han salido a molestarlos a ellos.

El investigador Rodolfo Stavenhagen, ha escrito sobre las visiones de “ayuda” que han existido en torno a los rarámuri, por parte del mundo “occidental”. Una es la culturalista, que dice que para su propio progreso, los rarámuri tienen que destruir su cultura con la ayuda de los agentes externos; otra, la clasista, que dice que los rarámuri tienen que romper con su cultura para emprender la lucha de clases y conseguir su liberación; y una tercera, en relación con la presencia del colonizador interno, la cual solo una transformación socialista, podría hacer desaparecer los elementos distintivos de su economía precapitalista y cambiarlos.

Con una mirada distinta a la de Stavenhagen, la mirada de un poeta, el escritor surrealista francés, Antonin Artaud, después de recorrer a caballo la sierra tarahumara durante un mes, escribió que los rarámuri “viven como si estuvieran ya muertos”. En ese verso pensé cuando conocí a Sandoval Moreno Batista, el indígena de más de 80 años que se bajaba de la camioneta que recorría un empedrado y confuso camino cuesta arriba, en una de las tantas partes de la sierra donde no existen las carreteras oficiales, si no las que la gente ha ido improvisando.

A simple vista, a la redonda solo había arbustos, encinos y uno que otro madroño que coloreaba de rojo la mañana cubierta por nubes y sol. Sandoval Moreno Batista, despacio, agarraba de la caja del vehículo el palo que usa como bastón, se despedía con una voz calladita de su sobrina Catalina Batista y de nosotros, los demás tripulantes.

Y empezaba a caminar la montaña.

Sandoval empezaba a andar encorvado entre la maleza de la serranía, rumbo a una comunidad que queda a 6 horas a pie de donde estábamos. Seis horas para los indígenas de la región, pero que para un extraño podrían ser hasta un día entero de trayecto. “Va a buscar a su hermana a ver si le da algo de maíz”, comentó Catalina Batista, su sobrina, quien colabora en la Diócesis de la Tarahumara como promotora de salud.

El viejo Sandoval tiene el ojo izquierdo a punto de cerrársele por completo. Ya casi no ve nada. Las travesías que suele hacer, lo han dejado en otras ocasiones, al borde de la muerte. “Una vez desapareció durante dos días y fuimos a buscarlo por todo este camino hasta que lo encontraron acostado en la tierra porque le había picado una víbora”, contaba “Cata”, mientras la bióloga Mariel Ramírez encendía el motor de la camioneta que nos llevaba a Raramuchi, una comunidad instalada en la parte más alta de una de las cumbres. “Mi tío se salvó con unos remedios que se le hicieron. Y ahí anda otra vez”, relataba Catalina. Para ese entonces, Sandoval Moreno había desaparecido por completo de nuestra vista, se había internado en la inmensa sierra.

Al llegar a Raramuchi, finalmente, después de un recorrido de un par de horas en el coche, conocí a otro anciano indígena, que resaltaba por su cuerpo algo fornido, en medio de decenas de niños desnutridos. Se llama Ramiro Juan y traía una bata blanca de doctor, con la leyenda del Instituto Mexicano del Seguro Social, a la altura del hombro izquierdo. Era el Owiruame, como se le llama en rarámuri al curandero tradicional.

“Ellos no están enfermos. El mundo es el que está enfermo”, me dijo en un lento español después de que yo le explicara con palabras y señalando a los niños desnutridos que hacía fila con sus madres igual de mal alimentadas, en torno de la nutrióloga Adriana de la Peza, quien repartía leche en polvo. “El mundo está enfermo. Ya no hay la lluvia mucha y el maíz no sale. Ya no tenemos el maíz”.

Detrás de Ramiro Juan, un rebaño de cabras, pastoreado por una mujer, parece que camina entre las nubes. Las cabras no encuentran ninguna hierba que puedan arrancar de la tierra para alimentarse. Están muy flacas. Siguen buscando, caminando la nube.
El hambre como ley de vida.

twitter.com/diegoeosorno


Reportaje de La Jornada sobre la Semana Santa Rarámuri aquí.

Celia II

Duele y avergüenza el punto al que llegamos. No estamos al borde del abismo. Caímos en él y parece insondable: no se ve el fondo.

Hace un par de años nos irritó ser calificados con la estúpida categoría de Estado fallido, al lado del Congo y Pakistán. Pero el hecho es que el país se cae a pedazos y entramos a un callejón sin salida. Necesitamos detener la mirada en el desastre, examinarlo cuidadosamente. No hace falta buscar mucho. Si mantenemos los ojos abiertos, no importa en qué dirección veamos. Duele y avergüenza el punto al que llegamos. No estamos al borde del abismo. Caímos en él y parece insondable: no se ve el fondo.

La quinta parte de los mexicanos ha tenido que abandonar el país. La nuestra es una de las más grandes migraciones de la historia. Cientos de miles siguen tratando de cruzar esa puerta de escape, aunque se encuentre cada vez más cerrada. ¿Cómo no ver lo que esto significa?

Crímenes de barbarie extrema, secuestros, asaltos, violaciones… una violencia cada vez más general y aleatoria, que incluye la esfera doméstica y, como siempre, se ensaña con las mujeres; se extiende por todo el país. ¿Cómo negarla?

¿Cómo dejar de ver la miseria que cunde y que ingresos, activos y expectativas están en entredicho? ¿O la magnitud e intensidad de la destrucción natural que ha causado ya daños irreversibles en muchas partes? ¿O el desmantelamiento sistemático del estado de derecho? ¿O el deterioro acelerado de toda capacidad de gobierno, reducida ya al uso de la policía y el ejército?

Sin masoquismo alguno, cultivemos el dolor que todo esto provoca. No lo matemos. Usamos la palabra estética para aludir a la belleza y el arte. Pero es útil recordar el origen de la palabra: significa percibir y alude a la intensidad de las percepciones de los sentidos… De ahí anestesia: insensibilidad al dolor inducida artificialmente, falta de sensación, o el neologismo tranquilizante. Estar intranquilo no es enfermedad o anomalía: es una inquietud que nos pone en alerta cuando algo anda mal y debemos hacer algo. Tranquilizarnos artificialmente no es revelarnos que se trataba de una falsa inquietud, sino negar la percepción para mantenernos quietos, sosegados. Eso se quiere hacer hoy: anestesiarnos, paralizarnos, evitar la acción inducida por la conciencia que nos da el dolor.

En las culturas tradicionales el dolor se interpreta como un reto que exige una respuesta y el sufrimiento aparece como parte inevitable de un enfrentamiento consciente con la realidad. En la sociedad moderna, en cambio, se nos enseña a interpretar el dolor como un indicador de que necesitamos comodidades y mimos que nos proporcionarán los médicos, para quienes el dolor es un problema técnico. Se trata de matar el dolor, de mantenernos anestesiados. Decía Iván Illich, hace años, que el uso creciente de dispositivos para matar el dolor nos convierte en espectadores insensibles de nuestra propia decadencia.

Eso es lo que experimentamos hoy. Ante el desastre cuyas evidencias cotidianas se multiplican aumenta el consumo de tranquilizantes químicos o discursivos. Unos políticos tratan de negar la evidencia y ocultarla tras nubes estadísticas y retóricas. Otros usan el cachondeo apocalíptico para llevar agua a su molino ideológico: bastará hacerles caso y usar las aspirinas que prescriben para que el cáncer desaparezca. Las elecciones logran ya que hasta los más inteligentes y enterados de nosotros desvíen su atención de lo que importa para entretenerse y entretenernos con el circo de tres pistas que se anuncia ya por todas partes. Esconden bajo la alfombra cuanto nos causa dolor y vergüenza, para que en vez de la acción que realizaríamos si los sentimos a plenitud nos refugiemos en un juego de ilusiones que condena a la parálisis.

Estamos ante una grave emergencia nacional que exige acciones colectivas inmediatas, urgentes. No podemos esperar. La idea de que bastará la decisión electoral para enfrentarla significa concretamente que hasta entonces debemos quedarnos quietos, paralizados, meros espectadores del espectáculo que representarán para nosotros los candidatos.

Las clases políticas no se atreverán a declarar la emergencia nacional, pues podría mostrar su inutilidad y complicidad. No supieron preverla, han contribuido a crearla y no saben cómo enfrentarla. Necesitamos plantearnos con seriedad las formas y maneras de declararla nosotros mismos y de concertar la acción consiguiente. No caigamos en la trampa de pensar que el mero recambio modificará el estado de cosas ni exijamos un consenso previo sobre la elección misma, sobre la conveniencia de votar o no votar, sobre los méritos de algún candidato. En vez de ponernos a la expectativa, es cosa de abrir los ojos y actuar responsablemente ante el horror que la mirada nos revela.

Gustavo Esteva en La Jornada 26/12/2011

Celia II
Acentos - Milenio Diario - Diciembre 9, 2011.

Se ha lanzado usted, aprovechando la ventaja estratégica que le da su posición como jefe de Estado, a una campaña intensiva para desprestigiar a quienes, haciendo uso de nuestro derecho, por amor a México, por nuestros hijos, con nuestros hijos, criticamos su estrategia de combate al narco.

Nos ha tachado de calumniadores. Ha sugerido que somos faltos de entendederas, que obedecemos a propósitos político-electorales inconfesables. Que nos mueven sólo el odio y el resentimiento. Le hace falta, señor Calderón, verse al espejo.

Todo su discurso parte de la tesis de que no hay otro camino para enfrentar al crimen y de que usted ha ido el único que ha tenido el coraje y la decisión de seguirlo.

Se presenta usted ahora diciéndose víctima de las injurias de un pequeño grupo, como el “salvador de la patria”, el cruzado dispuesto, por el bien de la nación, a enfrentarse al sacrificio, al juicio de la historia. Pero usted, señor Calderón, no pone la sangre; los muertos son otros, son de otros.

Gastando miles de millones de pesos del erario, aprovechándose de la reverencia atávica de los medios frente al poder, ha logrado establecer, al menos entre seguidores, gente atenazada por el miedo e incautos, la falsa disyuntiva: o se está de acuerdo con su estrategia o se está contra México y con los criminales.

Lo cierto, señor Calderón, es que ha procedido, por decir lo menos, irresponsablemente.

Lo cierto, señor Calderón, es que, al incitar al linchamiento, ha puesto en peligro la vida de cientos, quizá miles de ciudadanos. Ya jugó a sembrar el encono y la discordia en 2006; ahora, literalmente, juega con fuego.

Lo cierto también es que ha promovido la acción de esos golpeadores que abundan en su gabinete y en su partido y ha puesto a los aparatos de inteligencia operativa en las redes sociales y a los mecanismos de guerra sucia propagandística a actuar con virulencia contra sus opositores.

No hablo, créame, por los firmantes de la petición a la CPI de La Haya para que lo procese por su responsabilidad, en tanto comandante en jefe y artífice de la estrategia de combate contra el narco, por los crímenes de guerra que aquí se han cometido.

Nosotros, los 23 mil, contra los cuales amenaza usted con proceder legalmente, estamos listos para hacerle frente. Ni somos calumniadores ni nos hacemos para atrás. En los tribunales, si usted quiere, nos veremos las caras.

Hablo, señor Calderón, de otros; de los mas valiosos y también los mas vulnerables; de los defensores de derechos humanos, de los activistas por la paz que en las regiones mas peligrosas del país, luchando todos los días, se ven atrapados entre dos fuegos.

Cada vez que usted sale en la televisión —y sale muchas veces— incitando al linchamiento de sus críticos pone una diana en el pecho de uno de estos luchadores sociales.

Cada vez que se atreve usted a sugerir —y también lo hace con mucha frecuencia— que quien se opone a la guerra está por la negociación con los criminales, o de plano trabaja para ellos, firma una sentencia de muerte.

Ya de por sí el crimen organizado anda tras ellos. Ya de por sí usted y su gobierno se han mostrado incapaces de ofrecer protección a quienes, como Nepomuceno Morales, se la solicitaron personalmente.

Sus acusaciones a críticos, defensores de derechos humanos, activistas por la paz, es tomado por funcionarios, soldados y policías agobiados por el combate, marcados por la pérdida de sus compañeros y la amenaza constante contra sus vidas y las de sus familiares como instrucción de hacerse a un lado o, peor aún, como una orden para desbrozar el camino.

Otro tanto sucede con esos a los que la justicia por propia mano les parece la única solución y andan buscando, como los criminales, dar lecciones, con muertes ejemplares, a sus enemigos.

Habla usted mucho de la guerra y la conoce poco. Dudo, que mas allá de su identificación propagandística con las víctimas, sepa usted lo que se siente estar bajo fuego, o lo que la tensión, el peligro y el miedo provocan en cualquier ser humano.

Yo he vivido de cerca el horror de la guerra. He visto también como la opinión de un líder, un juicio a la ligera de un comandante pueden costarle la vida a un ciudadano cualquiera.

He sido testigo de cómo la propaganda, los dogmas de fe del poder autoritario, hacen ver a quienes lo sirven, enemigos a granel y los mueven a considerar como necesaria y urgente la muerte de esos que se consideran un obstáculo.

Lo he visto a usted, señor Calderón, en cuarteles y desfiles; jamás con los soldados en el terreno, con esos que manda a matar y a morir. Tampoco lo he visto, fuera de sus zonas de confort, reunirse, siquiera, con las víctimas.

Desató usted la guerra. Una guerra en la que hay siempre mas muertos y heridos, y que antes que traer paz y seguridad —ahí están los hechos— ha exacerbado la violencia.

Deténgase, se lo exijo, guarde, al menos, frente a esta patria herida, respetuoso silencio.

No siga ya alimentando con sangre inocente, víctima de su retórica incendiaria, de su intolerancia frente a la crítica, de sus ambiciones políticas a la guerra que es, lo dice César Vallejo, un monstruo grande y pisa fuerte.

http://elcancerberodeulises.blogspot.com

www.twitter.com/epigmenioibarra
Celia II


Pienso, mi amor, en ti todas las horas
del insomnio tenaz en que me abraso;
quiero tus ojos, busco tu regazo
y escucho tus palabras seductoras.

Digo tu nombre en sílabas sonoras,
oigo el marcial acento de tu paso,
te abro mi pecho -y el falaz abrazo
humedece en mis ojos las auroras.

Está mi lecho lánguido y sombrío
porque me faltas tú, sol de mi antojo,
ángel por cuyo beso desvarío.

Miro la vida con mortal enojo,
y todo esto me pasa, dueño mío,
porque hace una semana que no cojo.
Celia II
Descansa en paz, donde quiera que te encuentres. Una voz ruda, dolida, sensible y áspera a la vez, te fuiste muy joven. ¿Qué era lo que pasaba por tu mente? ¿Qué buscabas? ¿De que huías? ¿Estarás mejor ahora? Una oración por tí.

They tried to make me go to rehab but I said 'no, no, no'
Yes I've been black but when I come back you'll know know know
I ain't got the time and if my daddy thinks I'm fine
He's tried to make me go to rehab but I won't go go go

I'd rather be at home with ray
I ain't got seventy days
Cause there's nothing
There's nothing you can teach me
That I can't learn from Mr Hathaway

I didn't get a lot in class
But I know it don't come in a shot glass

They tried to make me go to rehab but I said 'no, no, no'
Yes I've been black but when I come back you'll know know know
I ain't got the time and if my daddy thinks I'm fine
He's tried to make me go to rehab but I won't go go go

The man said 'why do you think you here'
I said 'I got no idea
I'm gonna, I'm gonna lose my baby
so I always keep a bottle near'
He said 'I just think you're depressed,
this me, yeah baby, and the rest'

They tried to make me go to rehab but I said 'no, no, no'
Yes I've been black but when I come back you'll know know know

I don't ever wanna drink again
I just ooh I just need a friend
I'm not gonna spend ten weeks
have everyone think I'm on the mend

It's not just my pride
It's just 'til these tears have dried

They tried to make me go to rehab but I said 'no, no, no'
Yes I've been black but when I come back you'll know know know
I ain't got the time and if my daddy thinks I'm fine
He's tried to make me go to rehab but I won't go go go

Celia II

Miles de mujeres piden respeto en la llamada «Marcha de las Putas»

Miles de mujeres se manifestaron este domingo en México D. F. al grito de «No es no, mi cuerpo es mío», en la llamada «Marcha de las Putas», en la que condenaron la violencia sexual y la violencia de género y exigieron que no se las juzgue por vestir como quieren.

La protesta, organizada a través de las redes sociales, surgió a partir de un texto que la activista Minerva Valenzuela publicó en su blog el pasado 12 de mayo. En él hablaba de «The Slut Walk» (La Marcha de las Putas), un movimiento que nació en Canadá como reacción a unas declaraciones del policía de Toronto Michael Sanguinetti, que dijo en un seminario que «las mujeres deben evitar vestirse como putas para no ser víctimas de la violencia sexual».

Muchas de las participantes en la manifestación -entre 3.000 y 7.000-, que caminaron desde la glorieta de la Palma hasta el monumento del Hemiciclo a Juárez, llevaban minifaldas, ropa ajustada y escotes pronunciados para expresar su rechazo al hecho de que a menudo la violencia sexual se justifique por la apariencia «provocadora» de las víctimas, según informaron los medios mexicanos.


Celia II
Queridísimas perras (y xolos) como ya habrán notado, este blog literario está totalmente contaminado y siento que les debo una explicación.

La literatura es nuestro tema, nuestro punto de reunión y nuestro gran amor compartido. Sin embargo, ya hemos visto como en cada reunión los comentarios apasionados y muchas veces indignados de nuestra situación como país nos acaban consumiendo la mayor parte del tiempo. Por otra parte, compartimos la creciente inquietud y malestar de no saber como convertir ese coraje en manifiesto y sobre todo en acción.

Siento honestamente que aquí hay una oportunidad muy valiosa de unirnos a acompañar algo más grande que surge de la convicción y el empuje de gente buena y pacífica que propone después de haber sido profundamente lastimada por la violencia. Javier Sicilia ha perdido a su hijo en este torbellino y como madres sensibles, seguramente nos solidarizamos con él porque entendemos lo que eso puede significar en una familia. Cómo Sicilia ha habido muchos en este México que se desangra, y amigas, desgraciadamente habrá muchos más.

No esperemos a que nos bese el diablo para actuar en consecuencia. No permitamos que este monstruo de muerte se acerque más a nuestros hijos, a nuestras familias, a nuestros amigos.

Esto es importante. Cedamos un poco de nuestras vidas cotidianas, de nuestra zona de confort, al compromiso honesto y dedicado a una verdadera causa social por la NO VIOLENCIA.

Sinaloa por la Paz es el nombre del grupo coordinado por Alez López, un jóven de Deltateatro, y tiene su blog que ya es nuestro preferido (primera etiqueta de arriba). Yo ya me anoté, y les confieso que con la esperanza de estar ahí como perra, como vocera de un grupo.

Somos mujeres en plenitud de edad y de sabiduría (¡SI! ESO SOMOS) privilegiadas en muchos aspectos, de formación cristiana, de temperamento independiente y crítico, que por diversas causas acabamos asentándonos en este estado, en esta ciudad de Culiacán. ¿Qué estamos sembrando en ella más allá de nuestro círculo íntimo, o de nuestra intervención en "sociedad"?

Las invito a reflexionar, para encontrar cada una su forma y su espacio, pero que sea para actuar como grupo y encontrarnos proponiendo y haciendo, como Lulis y Helen en las Misiones, como las cuentacuentos, como las perras marchantes que acompañaran a esta mega manifestación en todo el mundo con su granito de arena culichi.

Las quiero mucho amigas, son de muchas maneras mi espacio vital; intelectual y emocionalmente hablando, y quiero pensar que encontraremos el modo de caminar juntas por muchos años y dejar huella como perras, aunque sea modesta, pero dar un poco de las muchas bendiciones que hemos recibido.

Por supuesto que nunca nos quitaremos el vicio de la lectura (¡Dios nos guarde!) y que ese seguirá siendo siempre el ojo del huracán perruno, pero me atrevo a robarme un cacho de blog para dedicárselo a la reflexión ciudadana que tanta falta nos hace.

Ojalá que se me cumpla mi mas oscuro deseo de tenerlas a todas en esto, ojalá que se me conceda el deleite de vernos juntas, con familias y amigos, el domingo en esta gran tertulia ciudadana. Consulten "Sinaloa por la PAZ" constantemente porque ya estamos trabajando duro en el evento. Conéctense y pónganlo también en sus favoritos.

Nos vemos HOY jueves 5 en Buena Mesa a las 6pm para ponernos de acuerdo y de ahí nos vamos a ver a Eugenia León a la Plazuela Rosales. Un abrazo.
Celia II
“Un habitante de Los Pinos contempla un atroz crimen,
Se desentiende por un año,
Cambia de puesto a los muebles que
Juegan a ministros y funcionarios
Y se refugia en culpable silencio,
El descastado, en su afán de conservar
La silla que lo monta.

¿Qué le daremos Daré?

Y nuestro niño médico de almas prescribe:
Un corsé de dignidad que la espalda le enderece,
Gotas de verdad para los ojos,
Tabletas de honradez (pero que no se las meta en los bolsillos),
Inyecciones de dignidad que no se compra con dinero
Y el reposo absoluto de sus corruptos hábitos.

Aíslenlo, su enfermedad es contagiosa”.

Juan Carlos Mijangos Noh.
Fragmento de “49 Globos”, en memoria de l@s 49 niñ@s muert@s en la Guardería ABC de Hermosillo. Pueden leer los textos completos aquí. Un globo y un poema por cada niño que perdió la vida.

Impactante y desgarrador.

Celia II
Este texto se publicará en Viernes de Dolores, cuando el país vive su propia crucifixión. El horror nacional crece y se desborda. De pronto ninguna teoría es capaz de explicarlo por entero y las palabras lucen gastadas para narrar su atroz dimensión. Sólo se sabe que la degradación del lenguaje, su empobrecimiento, también proviene de una ausencia de sentido ante la deshumanización colectiva cada vez más patológica que aceleradamente viene sucediendo entre nosotros. ¿Cómo se explica el que un grupo criminal mate sistemáticamente a varios cientos de personas que pasan en tránsito por su exterminadora y cruel aduana, que esclavice a otras reclutándolas contra su voluntad y que secuestre a las restantes para pedir rescate por ellas como si fueran viles mercancías?

Lo concomitante en tal fenómeno es parte estructural en esta hipócrita guerra putrefacta desde su origen contra el crimen organizado: las complicidades federales, estatales y municipales, las connivencias policiacas con los mafiosos, el silencio oficial protector y la participación directa de servidores públicos en su desalmada encomienda, el maltrato y las amenazas a los parientes de los desaparecidos, cuestiones que revelándose llevarían a descubrir otras muchas fosas rebosantes de escarnecidos cadáveres y acaso campos de concentración llenos de quienes han sido detenidos por una maligna y facciosa voluntad.

¿Cómo se le llama a hechos así? ¿Genocidio sistémico? ¿Holocausto selectivo? ¿Tribulación generalizada? ¿Degradación multitudinaria? ¿Siega histórica? ¿Delincuencia idiosincrática? El lugar común diría: pérdida de valores, y tendrá razón parcial aunque no vaya más allá de un lamento mecánico y por ello ignorante de que la sociedad mexicana, debido a razones educativas, políticas y económicas, nunca ha superado en su desarrollo moral colectivo el intercambio instrumental, aquella orientación premio-castigo propia de la niñez y la adolescencia, inaplicable ahora por la venalidad generalizada del sistema, y no se ve cómo podría transitar colectivamente hacia la etapa de las convicciones morales autoasumidas, esa condición adulta de una sociedad.

Entretanto, el narcotráfico es sobre todo un problema de salud pública y de mercado, como ha señalado Javier Sicilia, este líder moral surgido repentinamente desde el fondo del dolor mexicano, legitimado no sólo por su pérdida filial sino por su obra reflexiva, por su vida misma se podría decir. ---Y además es poeta ---afirmó una de mis alumnas cuando en clase hablamos del tema de las formas con que lo real se manifiesta entre nosotros estos días viacrúcicos. El tema del fatalismo trascendente, cuando las cosas ocurren por una causa inevitable.

Es tan simple como estúpido: en toda guerra un bando vence al otro, o bien los contendientes quedan tan extenuados que deciden abandonar la disputa. La guerra calderonista contra las drogas, que hasta hoy se ha perdido, durará cuando menos siete años más según el maleante tartamudo que dirige la oscura e ineficaz secretaría de seguridad pública. Su intención obvia es hacerse imprescindible en el próximo sexenio y así obtener impunidad. Pero la cínica afirmación no se sostiene con evidencias: continúa sin sancionarse el capital económico del crimen organizado, el cual ingresa al sistema y nutre su adicción financiera; la corrupción y la impunidad ante la ley son casi absolutas; las policías están al servicio del narco. Los dos bandos resultan asimétricos y, a menos que la represión se convierta en una exterminación total, como es hoy (o peor) será mañana.

El punto vital de mi enemigo es mi propio punto vital, enseña uno de los proverbios del Go, juego oriental de estrategia. Si las drogas son el punto vital de esta malhadada guerra, que entre todas sus aberraciones hace culpables a las víctimas, a los adictos, deben ser legalizadas por los estados nacionales (o lo que queda de ellos) para lograr la derrota del enemigo. Ilegalizar es criminalizar, como lo demuestra la historia una y otra vez.

Mientras esto llega, si llega al fin, continuará la explosión de odio violento y resentimiento social que asola a nuestro crucificado país, pues tal es un mero efecto de diversas causas seculares sintetizadas en una principal: la desigualdad infame.

Hiperpolítica, en suma, es ir más allá de la política habitual, la que busca el poder formal y su reproducción constante, para restablecer el sentido de lo humano en medio de la barbarización general. Y comienza cuando una sociedad decide salir a las calles para manifestar su fuerza mayoritaria, organizarse horizontal y localmente con el objetivo de resistir ante el mal, pensar grupalmente para comprender la naturaleza verdadera y no sólo verosímil de los fenómenos perversos que la amenazan, hacerse a sí misma desde el dolor sufrido para prescindir de las mediaciones ideológicas que la han mantenido sujeta al miedo y a su semiótica feroz. Hiperpolítica es disponer que la opresión del horror se ha terminado y que debe lucharse contra él tanto desde la individualización como desde el compromiso social. Hiperpolítica es una cultura común del despertar que se constituye aceptando la deuda con lo mejor del pasado humano y la responsabilidad con el futuro. Nunca es un asunto privado sino público, aunque resuelva privadamente el dilema ontólogico “yo-tú”. Conduce a un estado que se denomina “disponibilidad”: salir de uno mismo para buscarse y reconocerse entre los otros. Hiperpolítica es la construcción inteligente de otra libertad posible. Es un sentido distinto del “como si” habitual.

A propósito de nuestro Viernes Santo Católico, Fernando Solana nos regala una reflexión, si bien apocalíptica como es su estilo, llena de verdades e intuiciones que estimulan y provocan sentimientos e ideas. En Milenio Diario de hoy.