Hoy no es 1º de diciembre de 2011. Hoy es 1º de diciembre de 2012 y Felipe Calderón se prepara para hacer entrega de la banda presidencial. Son las seis de la mañana y él despierta tras pasar su última noche en la residencia oficial de Los Pinos. Una vez concluida la ceremonia, volverá a su casa, reconvertido en ciudadano común. Tras seis años de calamidades y fatigas, por fin dejará de ser el blanco de todos los reclamos y todas las insidias. Para él, al menos, la pesadilla está a punto de concluir.
No así, en cambio, para el resto del país. México, cuya historia acumula un sinfín de turbulencias, no había experimentado un período más negro desde 1968. Y, si sólo nos concentramos en las muertes violentas -más de 50 mil-, esta etapa ha sido la más infausta desde la Revolución. Seis años marcados por la destrucción y la venganza, las disputas y la sangre. Seis años que han provocado una fractura social sin precedentes.
Cuando Calderón consiguió participar in extremis en su investidura debido al acoso de las huestes de López Obrador -un energúmeno que en nada se parece al amoroso líder de hoy-, México era un país azotado por una feroz crisis de legitimidad, pero cuyo ánimo aún no se precipitaba en un pesimismo exacerbado. El futuro ya no lucía tan esperanzador como en el 2000, pero aún se conservaba cierto aliento de renovación y progreso. A fines del 2012, nada queda de aquel entusiasmo democrático. En apenas seis años, México se derrumbó en un caos sin precedentes.
El antecedente es claro: durante más de 70 años, el PRI construyó en el país un estado de derecho imaginario. Leyes e instituciones que en el papel resultaban modélicas, pero que en la práctica eran instrumentos supeditados a su control. Todos los organismos del estado funcionaban así, pero el sistema de justicia era el epítome de esta lógica piramidal. La corrupción de policías y jueces no era una desviación, sino un elemento indispensable del modelo.
La tragedia de Calderón es que, al emprender la "guerra contra el narco", no hizo sino exacerbar los vicios heredados del priismo que en teoría buscaba combatir. Ésta es la mayor debilidad de su estrategia: los narcos no eran el problema, sino un síntoma. Al empeñarse en combatirlos frontalmente, con herramientas torcidas, atomizó el campo de batalla, pulverizó el tejido social, acentuó las lacras del sistema -en especial la violación de derechos humanos, como demuestra el reciente informe de Human Rights Watch- y expuso al ejército a una desgradación irreparable.
Para justificarse, el Presidente no se ha cansado de afirmar que no podía hacer otra cosa. Que necesitaba combatir a los criminales sin detenerse a limpiar previamente el aparato judicial. Que él no iba a transigir con los delincuentes como el PRI. Por desgracia, el gobierno es el arte de lo posible, y ofrecer soluciones imposibles a problemas mal enfocados porque es moralmente correcto -más bien: ideológicamenteconveniente- no sólo constituye un acto de temeridad, sino el mayor yerro que puede cometer un político.
Pero, una vez que haya retornado a la vida civil, no debemos convertir a Calderón en nuestro chivo expiatorio. Todos los actores políticos comparten su culpa: el PRI, por incubar décadas de desigualdad y crimen, y por frenar cualquier intento de reforma; la izquierda, por concentrarse en su rencor y resquebrajar nuestra precaria vida institucional; y el PAN por avalar una estrategia que precipitó al país en esta sobrecogedora exposición a la violencia.
El saldo de estos seis años no puede ser más desalentador, mas negativo. Sin duda hay aspectos rescatables -la solidez macroeconómica, el seguro popular, la infraestructura carretera-, pero esta época no será recordada por estos avances, sino por una suma de cadáveres que alcanza las proporciones de una guerra civil.
Y es justo al hacer este inventario antes de liquidar al gobierno de Calderón cuando debemos darnos cuenta de la paradoja del momento. El PRI que se apresta a beneficiarse del descrédito del PAN es el mismo que construyó y avaló un sistema de justicia basado en el tráfico de influencias, las amenazas y los chantajes a los jueces y el contubernio de los policías con los criminales; el PRI que jamás emprendió un proceso de autocrítica y jamás se arrepintió de sus crímenes y sus mentiras; el PRI que, en estos seis años, bloqueó cualquier deseo de transformación.
Todos estos elementos deberían pesar a la hora de evaluar a los candidatos que se disputan la presidencia. Hoy por hoy, resulta intolerable escucharlos defender la fallida política de seguridad de Calderón, la supuesta tranquilidad previa al 2000 o lapresidencia legítima del 2006. Si aspiran a tener una mínima credibilidad, tendrían que distanciarse de una vez por todas de su pasado y confesar que ellos, sí, ellos, son corresponsables de este ciclo de desorden y muerte.
http://www.elboomeran.com/blog/12/jorge-volpi/
twitter: @jvolpi
[Publicado el 27/11/2011 a las 19:05]

MÉXICO, D.F. (Proceso).- A Francisco Segovia (Proceso 1805) le extraña mi adhesión al Movimiento que encabeza Javier Sicilia. No sé de dónde saca que, al hacerlo, pongo “mis barbas a remojar” por el influjo de los movimientos en el mundo árabe; o dónde leyó “acusaciones” mías a Sicilia; o por qué cree que mis artículos sobre Sicilia, publicados en Reforma, pretenden traer “agua al molino panista”. Sus elucubraciones no tienen que ver con mis ideas. No hay misterio en mi apoyo a Sicilia, y le explicaré por qué. 
Apoyo a Javier Sicilia, en primer lugar, por solidaridad con el amigo en su dolor. Lo que ha vivido Javier es, sin hipérbole, una tragedia bíblica. Pero Sicilia está reescribiendo por su cuenta, con su vida y su ejemplo, el Libro de Job. Aquel personaje a quien Dios privó de sus hijos volteó su ira contra Él. En cambio Sicilia, sacando fortaleza de su fe –que es la fe fundadora de la espiritualidad mexicana– ha convertido la ira en acción cívica. Tengo claro que ni siquiera Sicilia, con su genuina alma franciscana, puede cerrar los ojos a la existencia del Mal, muchas veces irreductible. Pero entre el Bien y el Mal hay una amplísima zona gris. Creo que su palabra y actitud han movido muchas conciencias en esa zona, y moverán más.
Apoyo a Javier Sicilia porque la respuesta a su llamado ha sido espontánea, libre y muy sustancial. En unas semanas ha logrado un sólido liderazgo. No hay acarreos en quienes lo siguen y escuchan: hay un conglomerado social que está “hasta la madre” y ha decidido nombrar a sus muertos, externar su crítica a la política gubernamental (apresurada en su origen, irreflexiva en su estrategia, ineficaz en su desempeño) y buscar vías alternativas para encarar el estado de pasmo, temor y postración que él ha llamado de “emergencia nacional”.
Apoyo a Javier Sicilia porque creo que su Movimiento busca el fortalecimiento y la articulación de la sociedad civil. Sin esa participación no podremos recobrar la paz en las calles y las conciencias. La sociedad civil debe encontrar cauces de organización y expresión, y debe llamar a cuentas a los poderes, a todos los poderes: institucionales, partidarios, fácticos, mediáticos, empresariales, sindicales, eclesiásticos, etcétera.
Apoyo a Javier Sicilia porque creo que finalmente concebirá una posición realista frente al inmenso poder de la delincuencia organizada y el universo de lo ilícito. Proceso documentó en su número pasado muestras visuales y documentales irrefutables sobre la naturaleza de ese mundo. Encarna el Mal, y frente al Mal no hay tregua posible. Javier Sicilia deberá encontrar una narrativa política y moral sobre ese tema. Confío en que lo hará.
Apoyo a Sicilia porque su Movimiento se inscribe en una corriente de anarquismo cristiano que proviene de Tolstoi (inspiración de Gandhi), con la que siempre he simpatizado. Su estirpe es la de Iván Illich, aquel original pensador que vivió entre nosotros y cuyas obras nos dejaron una crítica perdurable a las desmesuras, convenciones, cegueras y torpezas de nuestra sociedad. Esa corriente se vincula con un sector de la izquierda mexicana que no proviene del tronco comunista sino comunitario, cuyas raíces se fortalecieron a partir de los años sesenta. Aunque la corriente cristiana de Sicilia es muy crítica de las posiciones liberales –las mías propias–, también es sensible a la diversidad y respeta la pluralidad. Con ella se puede dialogar, con ella se puede construir.
Apoyo a Sicilia porque creo que su Movimiento puede convocar a la reflexión nacional sobre el tema de la criminalidad en el plano teórico y las ideas prácticas. Es preciso repensar las raíces de nuestro actual predicamento y sus derivaciones filosóficas y jurídicas. Y es necesario también tener ideas concretas, discurrir acciones (simbólicas, jurídicas, mediáticas) que tengan un impacto profundo en México y, sobre todo, en Estados Unidos: nuestros muertos financian sus adicciones.
Apoyo a Javier Sicilia por un acto de coherencia elemental. Así apoyé al doctor Salvador Nava en la tenaz lucha cívica que desarrolló durante más de tres décadas contra el torvo caciquismo del PRI en San Luis Potosí. La Marcha de Sicilia, con la imagen de Juanelo en su camiseta, me recuerda esa otra Marcha de Nava, enfermo terminal pero lleno de esperanza democrática, a la Ciudad de México. Fue un honor estar con don Salvador. Es un honor estar con Javier. l

Es el libro de Stéphane Hessel que ha sido la inspiración y el detonante en muchos sentidos de las protestas españolas de los últimos días.
Pueden leer las anécdotas del episodio aquí. Está sensacional!
2. No aceptamos las violencias como un destino.
3. Construimos entornos de vida y PAZ.
4. Nos formamos para ser constructores de PAZ.
5. Nos unimos para crear un mundo mejor e impulsar una cultura de PAZ.
Pocas cosas generan tanta energía colectiva como las marchas. Estuvimos, codo a codo, cada cual cargando sus sueños y esperanzas, compartiendo silencios y consignas por la paz y tenemos la certeza de que al menos la soledad no tiene cabida entre estos miles de hombres, mujeres, adolescentes, niñas y niños. Parecemos, por unas horas acaso, un país cohesionado por una misión colectiva. Eso lo sabremos al volver a casa, mañana y la semana que viene, y en dos meses, cuando nuestras acciones cotidianas demuestren si lo que exigimos hacia fuera, es lo mismo que somos capaces de exigir hacia dentro, en el hogar y en nuestro hacer diario, si pagaremos el costo de la congruencia.
Lo que sabremos, luego de la emoción de la marcha, es si estamos tan obsesionados como lo está Calderón, si creemos que hay soluciones fáciles y rápidas para problemas ancestrales. Si nos autoengañamos, como el presidente, diciendo en silencio que si atrapan al Chapo y a Lazcano la guerra terminará y los criminales quedarán abatidos y entenderán quién manda.
Nada cambiará si no entendemos que somos un país en que permea el egoísmo, uno de los menos comprometidos con sus propias comunidades. Un país de mártires que vive aterrado del disenso; un país chismoso que vive temeroso del conflicto, tal vez porque nadie nos enseñó a negociar esos conflictos ni nos mostró que la democracia no está en el Congreso y las urnas, sino en las calles y los hogares, y que se fortalece cuando los grupos diferentes son capaces de informarse, debatir, disentir y seguir conviviendo con acuerdos pacíficos.
Mientras millones se quejan del hacer de otros y otras, las ONG que rescatan a infantes, a huérfanos de la guerra, se quedan sin recursos porque muy poca gente ha comprendido que allí está el cambio de fondo. Mientras las sobremesas del país se abocan a un quejumbroso discurso contra los políticos que nada hacen por los millones de adolescentes adictos a las drogas, sólo uno de cada 10 mil mexicanos dona algo para organizaciones expertas en adicciones. Nunca como ahora los grupos de Alcohólicos Anónimos, sin fines de lucro, tuvieron tanta demanda de ayuda y tan pocos apoyos para pagar renta, luz y agua. Nunca como ahora los refugios para mujeres y menores maltratados vivieron tantos problemas económicos y falta de solidaridad comunitaria. Sólo ahora que hay crisis nacional por la violencia evidente, ha quedado claro lo poco hábiles que somos para hacer un trabajo comunitario que no se convierta en sacrificio heroico.
Sabemos que el Estado ha fallado. Que esta guerra es el cáncer que develó otras enfermedades ancestrales en el cuerpo de esta patria dolida. Cada vez hay más gente de clase media alta armada, dispuesta a asesinar a su enemigo, en lugar de comprometerse a participar en acciones colectivas, formar parte de consejos ciudadanos supervisores de los cuerpos policiacos. Cada vez hay más que aseguran que no votarán porque los partidos políticos son una basura, pero a cambio de su voto nulo no dona dos horas a la semana para una organización comunitaria que rescate adolescentes en situación de riesgo. La excusa del miedo es una útil coartada para esta complicidad pasiva que ha regado tanta sangre, tantos muertos, tanta ira. Mañana sabremos si la marcha es útil para construir futuro.
Lydia Cacho en El Universal del lunes 9 de mayo, por sugerencia de CecyP.

Acompañado por familiares de niños, jóvenes, mujeres y hombres asesinados en distintas partes del país, el poeta Javier Sicilia emprendió la Marcha Por la Paz y la Justicia, que llegará a la capital mexicana este próximo domingo 8 de mayo. Cerca de 500 personas iniciaron esta movilización desde Cuernavaca, Morelos, donde Javier Sicilia se dirigió así a la clase política del país:
“Entonces si le pedimos a la clase política, y bueno al presidente de la República, que entienda que estamos buscando el bien de la Nación. Se llama Marcha por la Paz, pero con justicia y dignidad, una paz basada en la violencia, basada en el temor, basada en el horror, no puede ser paz”.
La Marcha por la Paz y la justicia está convocando a miles de mexicanos para que se movilicen paralelamente en distintas ciudades dentro y fuera del país.
Caminar como expresión de una determinación moral y material, de la firmeza de un objetivo: no dejar pasar más la raya de la “frontera moral” nacional en lo inhumano y violento, caminar como sinónimo de un hartazgo y dolor ya insoportable ante una guerra civil (Montemayor dixit) que nunca aprobamos, precisamente, la sociedad civil.
La acción consiste en una marcha-caminata de cuatro días (5 al 8 de mayo) al corazón de la nación mexicana, al centro de sus poderes, al zócalo-Tenochtitlan. Largas y muy simbólicas caminatas ha habido muchas: la de la sal de Gandhi, la de los comunistas en China, la del millón de Luther King, la de César Chávez a Sacramento, la de la Minga colombiana, la de la Dignidad del Dr. Nava, la del Color de la Tierra de los zapatistas… Pero no se trata sólo de una marcha de Cuernavaca al DF, sino marchas y acciones paralelas noviolentas en muchas ciudades del país y el mundo, que ayuden a crear una gran presión social. Esta movilización es importante para crear un estado de agitación y reflexión colectiva continua durante esos días en todos los rincones del país, que, como bola de nieve social, vaya ampliando una gran columna de la protesta y propuesta nacional que avance desde Cuernavaca, y otros cientos de puntos de nuestro territorio, como una marea de la dignidad y la firmeza de la sociedad civil nacional bajo el lema de “Estamos hasta la madre. ¡Alto a la guerra! Por un México justo y en paz”.
En cada uno de los días de la marcha se irá corriendo la voz en los rincones del país: “Ahí va la ‘bola’ hacia el DF”, similar expectativa a la que sucedió en la marcha gandhiana de la sal, en la medida que avanzaban los días y la gente decía ya están cerca, qué pasó hoy…Será un levantamiento nacional de la indignación moral. Así, a partir del asesinato de Juan Francisco y sus amigos, la sociedad civil está pasando del terreno de la solidaridad al de la lucha, pues los cuerpos están en una situación distinta, ya que todos hemos podido visualizar más de cerca nuestra porpia vulnerabilidad. Se “tocó” a la clase media, y entonces la gran determinación de ese cuerpo agredido hizo que ésta y los demás sectores salieran masivamente a la calle, sobre un piso de gran hartazgo social. La muerte de estos jóvenes significó la acumulación de las 40 mil muertes que permanecían en el silencio, la amenaza, la vergüenza y el terror. Esta convocatoria significó la ruptura de ese terror y la posibilidad de que el dolor social se hiciera acción colectiva.
Javier Sicilia ha insistido también en que sea una marcha-caminata de silencio. El silencio es un arma moral y noviolenta que habla, no es el “silencio de los sepulcros” sino el grito de indignación de los vivos que luchan para que no haya más sepulcros inútiles. No se trata de un silencio pasmado, aterrado, sino activo de lucha. Es un silencio incluyente que une, que ayuda a escuchar y organizarnos, a tomar conciencia de la catástrofe o emergencia nacional en que nos hallamos, una señal de luto por el piso de sangre de 40 mil muertos sobre el que todos caminamos en México. Un ejemplo reciente en nuestra historia de un silencio combativo y esperanzador es el de las comunidades indígenas autónomas chiapanecas desde el 2003.
A este silencio va unida otra idea central: la búsqueda de la verdad. Gandhi llamaba a la noviolencia justamente “la fuerza de la verdad” y eso es lo que gran parte de la sociedad mexicana está buscando: saber la verdad. ¿Por qué hay 40 mil muertos, 10 mil huérfanos y 250 mil desplazados sólo en Juárez, miles de desaparecidos y el gobierno habla de paz? ¿quiénes son los asesinos de los 4 jóvenes de Cuernavaca, de los 6 miembros de la familia Reyes, de Marisela Escobedo y Susana Chávez, de los 16 jóvenes de Salvárcar, de Beti Cariño y Jiri, de los 48 niños de ABC? ¿por qué se destinan 6 veces más fondos a la guerra que al combate a la pobreza si hay 8 millones de jóvenes que no pueden estudiar ni trabajar? ¿por qué no se ha enfrentado seriamente el lavado de dinero y la autonomía del poder judicial?
Por otro lado, en la historia siempre las masas han tenido la capacidad de identificar símbolos, objetivos claros y sencillos, posibles de alcanzar en parte en un tiempo cercano. Dos símbolos clásicos de grandes marchas han sido la sal en la India (marzo 1930) y la tierra en la zapatista (2001). En estos momentos el símbolo es otro: los muertos y desaparecidos. Iremos a la marcha con los nombres de los muertos y desaparecidos de cada estado, con sus fotos, para “visibilizarlos”. Por eso, marcharemos juntos, vivos y ‘muertos’, para exigir paz, verdad con justicia y dignidad.
Extracto tomado de la "Red por la Paz y la Justicia", cuyo enlace aparece también en las etiquetas de arriba de nuestro blog. Pueden leerlo completo aquí.

En la lista de eventos programados para este 8 de mayo en México y el mundo. Está en blanco!!! Si no me creen, chéquenlo aquí. (Agregué el link al blog de la "Marcha Nacional del 8 de mayo" en una de las etiquetas de arriba en nuestro blog.) Sé de amigos mexicanos y culichis en Barcelona, en París, en NY y hasta en Alemania que se están organizando... y acá NADA???
- Marchar juntas el 8 de mayo, de blanco y en silencio.
- Participar con los "sobres vacíos"
- Invitar a participar a las personas que realmente nos importan
- Toma un sobre blanco, vacío.
- Recupera una víctima a partir de la lista en http://www.niunomas.org.mx(de preferencia una que nadie más haya elegido)
- Escribe a mano, en el espacio reservado al remitente, el nombre o las señas particulares de la víctima en caso de que ésta no haya sido identificada aún.
- Escribe, en el espacio reservado para el destinatario: Felipe de Jesús Calderón Hinojosa
Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos
Residencia Oficial de los Pinos Casa Miguel Alemán
Col. San Miguel Chapultepec.
C.P. 11850. Distrito Federal
MÉXICO - No pongas ningún contenido en el sobre. No escribas ningún tipo de consigna ni insulto en el sobre. Los muertos por violencia, del bando que sean, son faltantes para la sociedad. El símbolo de ese faltante es un hueco, un sobre vacío: una silenciosa carta de paz.
- Envía el sobre desde tu oficina de correos más cercana.
- No olvides actualizar las columnas LUGAR DE ENVÍO y FECHA DE ENVÍO en la lista de http://www.niunomas.org.mx con el lugar y la fecha de envío. Estos campos nos sirven para saber qué víctimas ya han sido elegidas.
- Para construir un mural de con nuestras cartas de paz es importante que le tomes fotos a tu sobre (o al acto de envío postal). Envíanos las fotos a accion.sobre.vacio@gmail.com.
Las subiremos al álbum de fotos en línea http://www.flickr.com/photos/accionsobrevacio/ "
- Difunde este mensaje entre tus conocidos. Manda TODOS los sobres que puedas. Gracias.
Lo concomitante en tal fenómeno es parte estructural en esta hipócrita guerra putrefacta desde su origen contra el crimen organizado: las complicidades federales, estatales y municipales, las connivencias policiacas con los mafiosos, el silencio oficial protector y la participación directa de servidores públicos en su desalmada encomienda, el maltrato y las amenazas a los parientes de los desaparecidos, cuestiones que revelándose llevarían a descubrir otras muchas fosas rebosantes de escarnecidos cadáveres y acaso campos de concentración llenos de quienes han sido detenidos por una maligna y facciosa voluntad.
¿Cómo se le llama a hechos así? ¿Genocidio sistémico? ¿Holocausto selectivo? ¿Tribulación generalizada? ¿Degradación multitudinaria? ¿Siega histórica? ¿Delincuencia idiosincrática? El lugar común diría: pérdida de valores, y tendrá razón parcial aunque no vaya más allá de un lamento mecánico y por ello ignorante de que la sociedad mexicana, debido a razones educativas, políticas y económicas, nunca ha superado en su desarrollo moral colectivo el intercambio instrumental, aquella orientación premio-castigo propia de la niñez y la adolescencia, inaplicable ahora por la venalidad generalizada del sistema, y no se ve cómo podría transitar colectivamente hacia la etapa de las convicciones morales autoasumidas, esa condición adulta de una sociedad.
Entretanto, el narcotráfico es sobre todo un problema de salud pública y de mercado, como ha señalado Javier Sicilia, este líder moral surgido repentinamente desde el fondo del dolor mexicano, legitimado no sólo por su pérdida filial sino por su obra reflexiva, por su vida misma se podría decir. ---Y además es poeta ---afirmó una de mis alumnas cuando en clase hablamos del tema de las formas con que lo real se manifiesta entre nosotros estos días viacrúcicos. El tema del fatalismo trascendente, cuando las cosas ocurren por una causa inevitable.
Es tan simple como estúpido: en toda guerra un bando vence al otro, o bien los contendientes quedan tan extenuados que deciden abandonar la disputa. La guerra calderonista contra las drogas, que hasta hoy se ha perdido, durará cuando menos siete años más según el maleante tartamudo que dirige la oscura e ineficaz secretaría de seguridad pública. Su intención obvia es hacerse imprescindible en el próximo sexenio y así obtener impunidad. Pero la cínica afirmación no se sostiene con evidencias: continúa sin sancionarse el capital económico del crimen organizado, el cual ingresa al sistema y nutre su adicción financiera; la corrupción y la impunidad ante la ley son casi absolutas; las policías están al servicio del narco. Los dos bandos resultan asimétricos y, a menos que la represión se convierta en una exterminación total, como es hoy (o peor) será mañana.
El punto vital de mi enemigo es mi propio punto vital, enseña uno de los proverbios del Go, juego oriental de estrategia. Si las drogas son el punto vital de esta malhadada guerra, que entre todas sus aberraciones hace culpables a las víctimas, a los adictos, deben ser legalizadas por los estados nacionales (o lo que queda de ellos) para lograr la derrota del enemigo. Ilegalizar es criminalizar, como lo demuestra la historia una y otra vez.
Mientras esto llega, si llega al fin, continuará la explosión de odio violento y resentimiento social que asola a nuestro crucificado país, pues tal es un mero efecto de diversas causas seculares sintetizadas en una principal: la desigualdad infame.
Hiperpolítica, en suma, es ir más allá de la política habitual, la que busca el poder formal y su reproducción constante, para restablecer el sentido de lo humano en medio de la barbarización general. Y comienza cuando una sociedad decide salir a las calles para manifestar su fuerza mayoritaria, organizarse horizontal y localmente con el objetivo de resistir ante el mal, pensar grupalmente para comprender la naturaleza verdadera y no sólo verosímil de los fenómenos perversos que la amenazan, hacerse a sí misma desde el dolor sufrido para prescindir de las mediaciones ideológicas que la han mantenido sujeta al miedo y a su semiótica feroz. Hiperpolítica es disponer que la opresión del horror se ha terminado y que debe lucharse contra él tanto desde la individualización como desde el compromiso social. Hiperpolítica es una cultura común del despertar que se constituye aceptando la deuda con lo mejor del pasado humano y la responsabilidad con el futuro. Nunca es un asunto privado sino público, aunque resuelva privadamente el dilema ontólogico “yo-tú”. Conduce a un estado que se denomina “disponibilidad”: salir de uno mismo para buscarse y reconocerse entre los otros. Hiperpolítica es la construcción inteligente de otra libertad posible. Es un sentido distinto del “como si” habitual.
1. RENUNCIA: “Los más de mil crímenes sin resolver (…) me hacen, a nombre de la dignidad ciudadana, exigirle a Marco Antonio Adame –gobernador de Morelos-, a Miguel Ángel Rabadán –presidente municipal de Jiutepec-, a Nereo Bandera Zavaleta –presidente municipal de Temixco-, a Manuel Martínez Garrigós – presidente municipal de Cuernavaca-, a los integrantes del Congreso –los partidos políticos saben quiénes-, que renuncien inmediatamente a sus cargos”. Se abre así un proceso de presión política, que dados los antecedentes en esa entidad (Carrillo Olea y Estrada Cajigal), se antoja una ruta compleja para el gobernador y los presidentes municipales. En semanas venideras veremos hasta donde se llega.
2. REUNIÓN: “Convocamos a una nueva marcha nacional para el domingo 8 de mayo en el Zócalo de la ciudad de México (…) Nosotros, la ciudadanía de Morelos, saldremos caminando de la Paloma de la Paz, el 5 de mayo, para pernoctar el 7 en La Espiga, escultura de Rufino Tamayo, que se encuentra el Centro Cultural de la UNAM y salir el día 8, a las 7 de la mañana rumbo al sitio donde se asientan los Poderes de la República –el Zócalo capitalino- (…) Vamos a ir caminando en silencio, para evitar que los gritos nos confundan y la indignación, que lleva a veces al insulto, nos haga perder el amor”. Se invitó a que desde otros estados se llegue al mismo punto y se estableció que lo único que se llevaría como símbolo será una bandera nacional que nos identifica y une a todos. La cita está hecha. La sociedad civil ofrece así una nueva oportunidad.
3. REFUNDACIÓN: “Vamos a convocarlos para que ustedes, que han malversado nuestro dinero, que han decidido sin consultarnos en nuestro nombre, que han defraudado nuestra confianza, y que han puesto al país en estado de emergencia nacional, a que firmen un pacto que les permita recuperar la representación de la Nación (…) este pacto debe ser firmado en el centro de la ciudad más dolida entre las dolidas: Ciudad Juárez, Chihuahua”. Este pacto tiene también como destinatarios a los ciudadanos y da la posibilidad de que el dolor no se convierta en odio, sino en amor y lucha por la justicia. Más adelante se darán a conocer los términos de este pacto.
Recogido del artículo de hoy que escribe Emilio Álvarez Icaza (defensor de los derechos humanos) en El Universal. Pueden leerlo completo aquí.
