A mí lo que me preocupa con los temas del narco es que a menudo se les da un tratamiento maniqueo, en donde los “malos” son tanto los narcos violentos como el gobierno estúpido, pero es como si los ciudadanos no tuvieran nada que ver con el tema y me parece que eso es lo que es falso. En primer lugar, porque la violencia tiene una relación directa con la desigualdad y la pobreza, y en eso por supuesto que participamos todos los que buscamos un estilo de vida acomodado sin tener en cuenta que eso excluye a los demás. En segundo, porque a fin de cuentas las drogas las consume la gente, y si no nos gustara tanto drogarnos (es decir, si no hubiera una demanda tan cabrona), pues simplemente no habría negocio. Los narcos no obligan a nadie a drogarse, simplemente satisfacen una necesidad y un impulso que por más campañas y campañas que haya jamás va a desaparecer. Claro que la sociedad es víctima de la violencia, pero lo que yo creo que a menudo falta en los análisis del tema es decir que TAMBIÉN, y no de una forma menor, es cómplice de lo que sucede.
Y todavía más, y esto va para las teachers, ¿estaremos armando a los muchachos con lo que necesitan?
La paradoja de nuestro tiempo es que tenemos edificios más altos y temperamentos más reducidos, carreteras más anchas y puntos de vista más estrechos. Gastamos mas pero tenemos menos, compramos mas pero disfrutamos menos. Tenemos casas más grandes y familias más chicas, mayores comodidades y menos tiempo. Tenemos más grados académicos pero menos sentido común, mayor conocimiento pero menor capacidad de juicio, mas expertos pero más problemas, mejor medicina pero menor bienestar.
Bebemos demasiado, fumamos demasiado, despilfarramos demasiado, reímos muy poco, manejamos muy rápido, nos enojamos demasiado, nos desvelamos demasiado, amanecemos cansados, leemos muy poco, vemos demasiado televisión y oramos muy rara vez.
Hemos multiplicado nuestras posesiones pero reducido nuestros valores. Hablamos demasiado, amamos demasiado poco y odiamos muy frecuentemente.
Hemos aprendido a ganarnos la vida, pero no a vivir. Añadimos años a nuestras vidas, no vida a nuestros años. Hemos logrado ir y volver de la luna, pero se nos dificulta cruzar la calle para conocer a un nuevo vecino. Conquistamos el espacio exterior, pero no el interior. Hemos hecho grandes cosas, pero no por ello mejores.
Hemos limpiado el aire, pero contaminamos nuestra alma. Conquistamos el átomo, pero no nuestros prejuicios. Escribimos mas pero aprendemos menos. Planeamos mas pero logramos menos. Hemos aprendido a apresurarnos, pero no a esperar. Producimos computadoras que pueden procesar mayor información y difundirla, pero nos comunicamos cada vez menos y menos.
Estos son tiempos de comidas rápidas y digestión lenta, de hombres de gran talla y cortedad de carácter, de enormes ganancias económicas y relaciones humanas superficiales. Hoy en día hay dos ingresos pero más divorcios, casas más lujosas pero hogares rotos. Son tiempos de viajes rápidos, pañales desechables, moral descartable, a costones de una noche, cuerpos obesos, y píldoras que hacen todo, desde alegrar y apaciguar, hasta matar. Son tiempos en que hay mucho en el escaparate y muy poco en la bodega. Tiempos en que la tecnología puede hacerte llegar esta carta, y en que tu puedes elegir compartir estas reflexiones o simplemente borrarlas.
Acuérdate de pasar algún tiempo con tus seres queridos porque ellos no estarán aquí siempre.
Acuérdate de ser amable con quien ahora te admira, porque esa personita crecerá muy pronto y se alejará de ti.
Acuérdate de abrazar a quien tienes cerca porque ese es el único tesoro que puedes dar con el corazón, sin que te cueste ni un centavo.
Acuérdate de decir te amo a tu pareja y a tus seres queridos, pero sobre todo dilo sinceramente. Un beso y un abrazo pueden reparar una herida cuando se dan con toda el alma.
Acuérdate de tomarte de la mano con tu ser querido y atesorar ese momento, porque un día esa persona ya no estará contigo.
Date tiempo para amar y para conversar, y comparte tus más preciadas ideas.
Y siempre recuerda:
La vida no se mide por el número de veces que tomamos aliento, sino por los extraordinarios momentos que nos lo quitan.
Eduardo Rabasa - Milenio 011-12-11•Cultura
Ayer me acordé de ti porque escribí un articulillo que salió en “Milenio”, que tiene que ver (un poco, creo yo), con los temas de tu blog. Básicamente, la idea es que es imposible cambiar un sistema si no cambian antes las mentes de los que le dan forma, pero no en el sentido de una élite malvada gobernante que manipula a los pobres ciudadanos, sino que son los patrones mentales colectivos los que a fin de cuentas desembocan en un estado de cosas determinado. Orwell contaba que escribió “Animal Farm” un día que se dio cuenta de que un caballo era más fuerte y poderoso que un humano, y que si sólo lo supiera podría fácilmente escaparse y aplastarlo, pero que como no tiene conciencia de eso vive irremediablemente sometido. En ese sentido, si un blog como el tuyo llega a miles de personas y los hace pensar, reflexionar, etc., por supuesto que tiene un impacto.

Para Izara
Si una revolución destruye un gobierno sistemático, pero los patrones sistemáticos de pensamiento que produjeron ese gobierno permanecen intactos, entonces esos patrones se repetirán en el gobierno subsecuente”. En pocas palabras, Robert M. Pirsig sintetizó el que quizá sea el mayor obstáculo para transformar la realidad: la falta de imaginación. En la actualidad, la minoría que se aferra a su estilo de vida material y frívolo, fundamentado en la gratificación instantánea a toda costa, unida por una luminosa cursilería comunicada mediante sus deslumbrantes juguetes tecnológicos, cuenta con una gran arma para reclutar nuevos adherentes a su bando: su propuesta es mucho más seductora y cool que la incierta alternativa de quedarse fuera de la orgía de autoindulgencia.
De ahí la importancia enorme de un pequeño acto simbólico ocurrido hace unos días. Thom Yorke de Radiohead y 3D de Massive Attack aparecieron por sorpresa en la sede del movimiento Occupy London para hacer de DJs en su fiesta navideña. Lejos de las celebridades que apoyan causas humanitarias como mera autopromoción para justificar sus lujosos excesos, los músicos simplemente querían dar las gracias a una causa con la que simpatizan. Su gesto revela lo que podría ser un principio esencial de toda manifestación de protesta: hay que arrebatar el monopolio de la diversión a los maniquíes huecos que defienden el status quo. Con su poesía musical que es en buena medida un lamento de y por los desposeídos, Yorke es una amalgama de sensibilidad artística con una aguda inteligencia. Su voz y su música son una hermosa queja ante el endurecimiento del alma colectiva. Radiohead es como una astilla encajada en un sistema que cada vez excluye a más gente del voraz círculo de “yuppies networking”, empeñados en acolchonar sus burbujas para poder vivir como si no existiera un mundo distinto a su alrededor. Poniendo a bailar a la concurrencia, Yorke y 3D demostraron la otra noche que no es necesario ser imbécil para poder pasarla bien.

Héctor Aguilar Camín reflexiona en un par de artículos sobre la forma de la nueva opinión pública. Ayer registraba en Milenio el nacimiento de un nuevo animal. Lo describe "atento, proteico, divertido, enfurruñado e inteligentísimo."
Es el fruto más acabado de nuestra democracia. Y es horizontal. Impone sus temas efervescentes y compensa su mal humor, su frecuente mala leche, con una diversidad a toda prueba y una libertad que no tiene entre nosotros más antecedente que la diatriba del diario íntimo, destinado antes a la posteridad, hoy al momento.
Nuestra intimidad es pública, nuestra molestia se siente con derecho a molestar, el corazón de cada quien aspira a ser la plaza pública de todos.
Hoy continúa con la descripción de la bestia, una forma nueva y a la vez antigua de Masa.
La democratización horizontal del habla pública ... es La Masa por otras vías, La Masa individualizada, con micrófonos propios y tribunas que cada quien se otorga y comparte con quien quiere: los medios masivos por medios personales. No es una novedad menor. Se dirá que el tumulto se anula con el escándalo, la arbitrariedad y la diversidad de su propio torrente. Cierto, pero también se ordena y se impone con la espiral de sus modas, temas y tendencias favoritas.
Hay algo, sin embargo, en lo que esta novísima ágora, esta nueva forma de la masa, a la vez ubicua y elegible, es idéntica a las masas de todos los tiempos. En ella vive también el espíritu de Fuenteovejuna, el espíritu de la impunidad anónima, vengadora y arbitraria, que lincha en grupo, que actúa sus peores pasiones en el manto protector de la masa. Las redes sociales rebozan fuenteovejunos. Libertarios innegociables que no se atreven a dar su nombre. Radicales anónimos. Justicieros que lanzan el tuit y esconden su compu. Paleros disfrazados de ciudadanos. Pandilleros disfrazados de indignados. Linchadores vestidos de pueblo justo. Son los instantáneos dinosaurios del internet, los falsos modernos que tienen instrumentos nuevos, pero hábitos públicos viejos. Y cursilería de todos los tiempos.
Sorpresa sería si hubieran leído y recordaran títulos y autores de cinco libros. El último candidato presidencial que mencionó estar leyendo literatura de verdad fue López Portillo al ser abordado por Jacobo Zabludowsky en su tumultuoso destape. “El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell”, contestó al reportero, quien le preguntaba eso no en una feria del libro sino en un acto político. Sorpresa: leía Justine, Balthazar, Montoulive y Clea. No le sirvió de mucho, es verdad, pues su gobierno fue desastroso, pero leía.
Los dos candidatos iletrados están, como dirían los esotéricos, “canalizados”: o sea diseñados y construidos para un mercado electoral donde la lectura y/o la improvisación intelectual son desconocidas. Así como las amables señoritas japonesas que reciben al público en las grandes tiendas de Tokio se desprograman al preguntárseles algo compuesto de dos frases complejas, así estos representantes robóticos y artificiales de grupos e intereses se enredan y tropiezan al hablar fuera del guión ensayado ante asesores y espejos.
A quien sí le interesaba la lectura era a Hugo de San Víctor, un autor de 1128 que escribió el Didascalicon, y al cual Ivan Illich dedica un hermoso y profundo libro analítico, En el viñedo del texto (FCE, 2002). En su introducción a lo que él mismo define como la conmemoración del nacimiento de la lectura hace más de ochocientos años, Illich afirma que el libro ha dejado de ser la metáfora raíz de la época y ha sido reemplazado por la pantalla.
No es una elegía la que el autor propone sino una definición: la lectura libresca fue un fenómeno de época, una especial interacción con la página escrita, un modo entre muchos, una vocación particular. Sobrevivirá coexistiendo con otras formas de la lectura (muchas de ellas muy dudosas: analfabetismo informático), pero lo que contiene, lo que produce en el lector y lo que le exige, según Hugo de San Víctor, la distingue drásticamente de otras formas de codificación que hoy se denominan “mensajes”.
La lectura, en esta perspectiva, es un camino hacia la sabiduría, y ésta es la primera “de todas las cosas que se han de buscar”, dice el autor medieval, que entiende a Dios como tal, como sabiduría. La lectura posee cualidades curativas porque el ser se perfecciona y sana al ir leyendo. Lo siguiente puede desanimar a cualquiera, o al revés, pero en su ascética de la lectura (ascética: un término hoy negativizado por el principio del placer) Hugo define la disciplina indispensable para ser lector.
La humildad es su principio y a través de ella el lector aprenderá tres lecciones “especialmente importantes”: no despreciar ningún conocimiento; no avergonzarse de aprender de cualquiera; al conocer, no mirar a nadie con menosprecio. “Para la disciplina es especialmente importante saber prescindir de las cosas superfluas. Como dice el dicho, una barriga prominente no puede parir una inteligencia fina”, escribe.
El lector es alguien que se hace a sí mismo en un exilio interior donde concentra su atención y sus deseos buscando sabiduría ---algo del todo distinto a la mera acumulación de conocimientos---, la cual al alcanzarse se convierte, escribe Illich, en el hogar anhelado. La neurofisiología ha confirmado que la lectura produce un yo vertical, un estado de concentración atenta que puede entenderse como una iluminación mental. La literatura, por su parte, habla del despertar de la psicología de la mutabilidad cuando se lee, del afloramiento de una conciencia de participación. La filosofía trata del lenguaje como refugio del ser. Y Hugo afirma que la lectura es un compromiso que encenderá y hará brillar el yo del lector.
Sin embargo los nazis leyeron y fueron atroces; los políticos no leen y a su modo también lo son. Ilustrarse, cultivarse, conocer, sentir o imaginar no garantiza hacerse mejor persona. Pero su omisión sin duda conduce al atroz y permanente encierro del idiota en lo particular. La condición curativa e interior de la lectura tiene que ver con un sueño cultural que Ivan Illich comparte con George Steiner: fuera del sistema educativo, “que ha asumido funciones completamente diferentes”, establecer casas de lectura que, al modo del shul judío, la medersa islámica o el monasterio cristiano, provean el espacio, la guía, el silencio, la complicidad y el compañerismo para leer en forma recogida y atenta. Leer, según Hugo, es “ordenar”, interiorizar en la psique y en el sentimiento la armonía cósmica y simbólica de la creación.
Hay más en la lectura: la función de enlazar a un ser humano con otro, la capacidad para levantar un palacio interior de la memoria con grandes patios y estancias, la facultad de pertenecer a los demás, el asombro ante lo existente, el reencantamiento del mundo. Arthur Rimbaud dijo que los débiles que se pusieran a pensar en la primera letra del alfabeto caerían rápidamente en la locura. Peor cuando se sabe que la única lectura que existe es la relectura. Letal pregunta: ¿y cuál ha sido su última relectura?
Fernando Solana Olivares.

DÍA CON DÍAHéctor Aguilar Camín 2011-12-08 • AL FRENTE
Todo cuesta y cuesta caro en el universo de la opinión pública mexicana. Aquí, el que no cae resbala y el que no resbala es porque aprendió de la caída anterior.
El PRI ha perdido nada menos que a su presidente en una batalla opinatoria de pocos meses. Y el candidato del PRI ha mostrado lo fácil que es despeñarse por una pregunta inesperada.
Los adversarios que hacen cuentas alegres con estas caídas de sus adversarios tampoco salen bien librados. Acumulan sus propias pifias y los esperan adelante futuros y antiguos errores que la memoria social activará cuando haga falta.
La función apenas empieza.
Está en la naturaleza de la nueva opinión pública, en particular por su geométrica expansión en las redes sociales, desafiar y reducir famas políticas, llamar a cuentas, celebrar errores, improvisar burlas e improperios.
A mayor notoriedad del pifioso, mayor la tarifa de paso. No hay ya tal cosa como una celebridad sin chiflidos. La unanimidad y la etiqueta desaparecen en el rumor ácido y rápido, incesante, ubicuo, del animal que opina.
Atento, proteico, divertido, enfurruñado, inteligentísimo animal.
¿Nueva opinión pública mexicana? Es probable. Y si no nueva, al menos de una novedosa intensidad, compatible con la propagación malthusiana de sus instrumentos, no controlados por nadie, soberanías mediáticas de cada quién.
Se trata de un animal difícil de convencer o de engañar. Mira desde todas partes y es imposible satisfacerlo, porque pide cosas tan distintas como la misma sociedad donde vive: una diversidad sin llenadero.
Que lo digan si no los presidentes de México que reciben todos los días el baño ácido de agraviados, ironistas, adversarios y malquerientes. Y que lo digan las celebridades y los líderes, los antiguos conductores de pueblos y famas.
El animal que opina es más libre, diverso e impredecible que nunca. Más inteligente y más zafio a la vez, reticente con sus acuerdos y deslenguado con sus desacuerdos.
Es el fruto más acabado de nuestra democracia. Y es horizontal. Impone sus temas efervescentes y compensa su mal humor, su frecuente mala leche, con una diversidad a toda prueba y una libertad que no tiene entre nosotros más antecedente que la diatriba del diario íntimo, destinado antes a la posteridad, hoy al momento.
Nuestra intimidad es pública, nuestra molestia se siente con derecho a molestar, el corazón de cada quien aspira a ser la plaza pública de todos.
Hoy no es 1º de diciembre de 2011. Hoy es 1º de diciembre de 2012 y Felipe Calderón se prepara para hacer entrega de la banda presidencial. Son las seis de la mañana y él despierta tras pasar su última noche en la residencia oficial de Los Pinos. Una vez concluida la ceremonia, volverá a su casa, reconvertido en ciudadano común. Tras seis años de calamidades y fatigas, por fin dejará de ser el blanco de todos los reclamos y todas las insidias. Para él, al menos, la pesadilla está a punto de concluir.
No así, en cambio, para el resto del país. México, cuya historia acumula un sinfín de turbulencias, no había experimentado un período más negro desde 1968. Y, si sólo nos concentramos en las muertes violentas -más de 50 mil-, esta etapa ha sido la más infausta desde la Revolución. Seis años marcados por la destrucción y la venganza, las disputas y la sangre. Seis años que han provocado una fractura social sin precedentes.
Cuando Calderón consiguió participar in extremis en su investidura debido al acoso de las huestes de López Obrador -un energúmeno que en nada se parece al amoroso líder de hoy-, México era un país azotado por una feroz crisis de legitimidad, pero cuyo ánimo aún no se precipitaba en un pesimismo exacerbado. El futuro ya no lucía tan esperanzador como en el 2000, pero aún se conservaba cierto aliento de renovación y progreso. A fines del 2012, nada queda de aquel entusiasmo democrático. En apenas seis años, México se derrumbó en un caos sin precedentes.
El antecedente es claro: durante más de 70 años, el PRI construyó en el país un estado de derecho imaginario. Leyes e instituciones que en el papel resultaban modélicas, pero que en la práctica eran instrumentos supeditados a su control. Todos los organismos del estado funcionaban así, pero el sistema de justicia era el epítome de esta lógica piramidal. La corrupción de policías y jueces no era una desviación, sino un elemento indispensable del modelo.
La tragedia de Calderón es que, al emprender la "guerra contra el narco", no hizo sino exacerbar los vicios heredados del priismo que en teoría buscaba combatir. Ésta es la mayor debilidad de su estrategia: los narcos no eran el problema, sino un síntoma. Al empeñarse en combatirlos frontalmente, con herramientas torcidas, atomizó el campo de batalla, pulverizó el tejido social, acentuó las lacras del sistema -en especial la violación de derechos humanos, como demuestra el reciente informe de Human Rights Watch- y expuso al ejército a una desgradación irreparable.
Para justificarse, el Presidente no se ha cansado de afirmar que no podía hacer otra cosa. Que necesitaba combatir a los criminales sin detenerse a limpiar previamente el aparato judicial. Que él no iba a transigir con los delincuentes como el PRI. Por desgracia, el gobierno es el arte de lo posible, y ofrecer soluciones imposibles a problemas mal enfocados porque es moralmente correcto -más bien: ideológicamenteconveniente- no sólo constituye un acto de temeridad, sino el mayor yerro que puede cometer un político.
Pero, una vez que haya retornado a la vida civil, no debemos convertir a Calderón en nuestro chivo expiatorio. Todos los actores políticos comparten su culpa: el PRI, por incubar décadas de desigualdad y crimen, y por frenar cualquier intento de reforma; la izquierda, por concentrarse en su rencor y resquebrajar nuestra precaria vida institucional; y el PAN por avalar una estrategia que precipitó al país en esta sobrecogedora exposición a la violencia.
El saldo de estos seis años no puede ser más desalentador, mas negativo. Sin duda hay aspectos rescatables -la solidez macroeconómica, el seguro popular, la infraestructura carretera-, pero esta época no será recordada por estos avances, sino por una suma de cadáveres que alcanza las proporciones de una guerra civil.
Y es justo al hacer este inventario antes de liquidar al gobierno de Calderón cuando debemos darnos cuenta de la paradoja del momento. El PRI que se apresta a beneficiarse del descrédito del PAN es el mismo que construyó y avaló un sistema de justicia basado en el tráfico de influencias, las amenazas y los chantajes a los jueces y el contubernio de los policías con los criminales; el PRI que jamás emprendió un proceso de autocrítica y jamás se arrepintió de sus crímenes y sus mentiras; el PRI que, en estos seis años, bloqueó cualquier deseo de transformación.
Todos estos elementos deberían pesar a la hora de evaluar a los candidatos que se disputan la presidencia. Hoy por hoy, resulta intolerable escucharlos defender la fallida política de seguridad de Calderón, la supuesta tranquilidad previa al 2000 o lapresidencia legítima del 2006. Si aspiran a tener una mínima credibilidad, tendrían que distanciarse de una vez por todas de su pasado y confesar que ellos, sí, ellos, son corresponsables de este ciclo de desorden y muerte.
http://www.elboomeran.com/blog/12/jorge-volpi/
twitter: @jvolpi
[Publicado el 27/11/2011 a las 19:05]

Me llamó la atención la frase del Dr. Mathes en una cátedra magistral que nos impartía en la facultad, al decir el “tiempo que me queda” y así, siguió haciendo referencia al tiempo en su discurso, medido respecto a su propia vida, su propio parámetro. A todos los historiadores, -me incluyo y esto es un atrevimiento, pues sólo soy una historiadora en ciernes- nos preocupa el tiempo, si no entonces ¿por qué incursionar en este apasionante viaje que es la historia?, apasionante porque para ella el tiempo no es una limitante, al contrario, la historia permite al viajero recorrer los caminos del tiempo en una y otra dirección, en todas las direcciones. Bueno, la historia no tiene límites pero el historiador sí. El límite es nuestra propia vida. De ahí puede surgir la angustia, la ansiedad, el deseo inefable de querer asirse al tiempo.
Recuerdo cuando vivía la “primera mitad” de mi vida, cuando creía que el tiempo era todo mío, cuando me urgía que todo pasara de prisa, para llegar a mi siguiente estación, a mi siguiente puerto; había tanto que recorrer; había tanto que conocer. Ahora me parece que el tiempo se escurre entre mis dedos como arena –en el mejor de los casos- o como agua de mar fresca y juguetona pero imposible de capturar, imposible de retener…. Creo que así se va el tiempo en la “segunda mitad de la vida”. Por eso hay que escoger bien nuestros horizontes, calcular el tiempo de nuestras estadías y saber disfrutar de esas nuestras elecciones, pues sin ese gusto, ¿cuál sería la razón de nuestro viaje? Afortunados somos de haberlo emprendido, disfrutémoslo pues.
Cecilia Peraza.

Aceptemos pues que el tiempo se ha terminado. ¿Para qué y cómo? La lógica diría que para volver a comenzar, y el cómo se escenifica a diario. Pero en fin, sustancia del teatro crepuscular donde van borrándose todas las huellas culturales: los Mantos Blancos Templarios, los antes guardianes del Santo Sepulcro y sus caminos, cuya regla fue escrita por san Bernardo, hoy son una facción narca criminal michoacana que vindica la captura del Chango Méndez, su enemigo a muerte —no hay peor enemigo que quien fue el mejor amigo—, antes cómplice.
Si las cosas alguna vez comenzarán de nuevo, entonces ciertos signos que les son cercanos muestran una anticipación. En lo social —aunque lo mismo en todo lo demás— lo más nuevo es lo más viejo, como ocurrió en el encuentro entre Javier Sicilia y Felipe Calderón. Lo que a primera impresión pareció, según las noticias electrónicas, un encuentro demasiado suave por parte del poeta denunciante y sus compañeros, y en cambio una persuasiva explicación presidencial de su estrategia policiaco-militar humanizada por las bromas, los abrazos y los escapularios, vuelta cordial por la ironía transgresora del ¿se puede fumar? y la autorización para hacerlo, reivindica lo esencial para salir de esta hora pública tan oscura: el diálogo, el hablar escuchando al otro, el hablar para convencerlo —y lo que cada quien haga con ello.
El poder formal justificador de decisiones que cree inevitables simplemente porque las toma y la voz libre de los ciudadanos doloridos, afectados, confrontándose con autocontrol por un lado, y con énfasis explicativos y gesticulantes por el otro, con un presidente defendiendo sus políticas, vehemente y franco, delante de interlocutores cuya adusta seriedad, si hubiera sido más amarga y dura, se habría comprendido. Pero cuya suavidad amable introdujo una atmósfera inesperada por parte de los miembros del Movimiento por la Paz. Y sin embargo.
Se dijo todo lo que se quiso decir. El encuentro de Chapultepec es, seguramente, el mejor acto público de Calderón. La espontaneidad y horizontalidad visibles frente a todos mostraron el rostro personal y la capacidad retórica y discursiva de un presidente tan haiga sido como haiga sido. Y con un toque de drama histórico: saber, y mencionarlo, que va a pasar a la historia por el número de muertos tenidos en el régimen y no por otra cosa: hospitales, carreteras, avances.
La decisión de enfrentar el crimen organizado y al narco con precipitación, sin preparar antes un plan maestro y un mínimo acuerdo público, sin negociar políticamente con partidos y grupos de poder, sin cortar los flujos monetarios de los delincuentes, sin combatir la impunidad a fondo —acciones que dicta el sentido común—, no ofrece una decorosa, segura salida. La caja de Pandora está abierta y no podrá Calderón cerrarla en lo que queda de gobierno.
Las propuestas de quienes sí las tienen son lo más interesante del tema, pensando en la construcción de una cultura común de la resistencia y la victoria frente a la depredación y los depredadores, frente al mal y su crueldad, frente al materialismo demoníaco. Frente a la vida como es, una jungla irreparable, según el pensamiento cínico posmoderno. “El infierno son los otros”: ¿te acuerdas, Sartre?
Dice Peter Sloterdijk que la lección principal de las ciencias antropológicas es que al colapso de los grandes formatos todo se reconstruye desde los pequeños grupos, estructuras horizontales y versátiles, atentas pero plásticas, bolas sicoacústicas que operan al modo de la comedia del arte: como una pequeña compañía. No se pierda de vista que esto es una descripción escénica, que el mundo y sus sucesos son un teatro. A diferencia de la uniformidad vestimental de la alta burocracia, hierática e inexpresiva, Javier Sicilia asiste cargado de escapularios, con un abrigo de piel y un sombrero que ya le son característicos, a la manera de un caminante echado a andar como lo ha hecho.
Su oratoria es descolocante, inesperada (para pedir un minuto de silencio recita a Sabines), puede ser metafórica, alusiva o directa como una daga. No teme ser emocional y sensible al expresarse, porque el origen de su testimonio social lo es. No tiene nada que ver con la lengua de madera de sus interlocutores, a excepción del único que habla de ese lado, el presidente. Su lenguaje en parte está hecho, es un texto escrito por él, y en parte se va haciendo con las circunstancias. Es declaradamente apolítico y usuario de términos hasta ayer impensables en el debate público: humildad, perdón, consuelo, términos de un creciente plural mexicano.
Y otros más del pequeño formato, tan claridosos y directos como Sicilia, también legitimados por su dolorosa experiencia y dignificados por su perseverante valentía: María Herrera, Norma Ledesma, Araceli Rodríguez, Julián le Barón, Salvador Campanur Sánchez. Una narrativa pública que cura o puede hacerlo. Lo primero es nombrar las cosas. Así se entienden de otra manera, se vuelven a conocer. Corrección de las denominaciones. Otra narrativa política y cultural en el Alcázar del Castillo, lugar simbólico y acaso de buen augurio para una eventual reconstrucción nacional.
Toda huella que se borra es un respiro, una promesa más o menos realizable de una posibilidad distinta. La gramática de la pertenencia es escucharse juntos, dejar de escucharnos a nosotros cuando escuchamos a los demás. ¿Es inútil creer que ésta es la esencia de la política y que sólo requiere hacerse colectiva?
2011-07-01 • CULTURA - Milenio diarioELITISMO PARA TODOSFernando Solana Olivares

MÉXICO, D.F. (Proceso).- A Francisco Segovia (Proceso 1805) le extraña mi adhesión al Movimiento que encabeza Javier Sicilia. No sé de dónde saca que, al hacerlo, pongo “mis barbas a remojar” por el influjo de los movimientos en el mundo árabe; o dónde leyó “acusaciones” mías a Sicilia; o por qué cree que mis artículos sobre Sicilia, publicados en Reforma, pretenden traer “agua al molino panista”. Sus elucubraciones no tienen que ver con mis ideas. No hay misterio en mi apoyo a Sicilia, y le explicaré por qué. 
Apoyo a Javier Sicilia, en primer lugar, por solidaridad con el amigo en su dolor. Lo que ha vivido Javier es, sin hipérbole, una tragedia bíblica. Pero Sicilia está reescribiendo por su cuenta, con su vida y su ejemplo, el Libro de Job. Aquel personaje a quien Dios privó de sus hijos volteó su ira contra Él. En cambio Sicilia, sacando fortaleza de su fe –que es la fe fundadora de la espiritualidad mexicana– ha convertido la ira en acción cívica. Tengo claro que ni siquiera Sicilia, con su genuina alma franciscana, puede cerrar los ojos a la existencia del Mal, muchas veces irreductible. Pero entre el Bien y el Mal hay una amplísima zona gris. Creo que su palabra y actitud han movido muchas conciencias en esa zona, y moverán más.
Apoyo a Javier Sicilia porque la respuesta a su llamado ha sido espontánea, libre y muy sustancial. En unas semanas ha logrado un sólido liderazgo. No hay acarreos en quienes lo siguen y escuchan: hay un conglomerado social que está “hasta la madre” y ha decidido nombrar a sus muertos, externar su crítica a la política gubernamental (apresurada en su origen, irreflexiva en su estrategia, ineficaz en su desempeño) y buscar vías alternativas para encarar el estado de pasmo, temor y postración que él ha llamado de “emergencia nacional”.
Apoyo a Javier Sicilia porque creo que su Movimiento busca el fortalecimiento y la articulación de la sociedad civil. Sin esa participación no podremos recobrar la paz en las calles y las conciencias. La sociedad civil debe encontrar cauces de organización y expresión, y debe llamar a cuentas a los poderes, a todos los poderes: institucionales, partidarios, fácticos, mediáticos, empresariales, sindicales, eclesiásticos, etcétera.
Apoyo a Javier Sicilia porque creo que finalmente concebirá una posición realista frente al inmenso poder de la delincuencia organizada y el universo de lo ilícito. Proceso documentó en su número pasado muestras visuales y documentales irrefutables sobre la naturaleza de ese mundo. Encarna el Mal, y frente al Mal no hay tregua posible. Javier Sicilia deberá encontrar una narrativa política y moral sobre ese tema. Confío en que lo hará.
Apoyo a Sicilia porque su Movimiento se inscribe en una corriente de anarquismo cristiano que proviene de Tolstoi (inspiración de Gandhi), con la que siempre he simpatizado. Su estirpe es la de Iván Illich, aquel original pensador que vivió entre nosotros y cuyas obras nos dejaron una crítica perdurable a las desmesuras, convenciones, cegueras y torpezas de nuestra sociedad. Esa corriente se vincula con un sector de la izquierda mexicana que no proviene del tronco comunista sino comunitario, cuyas raíces se fortalecieron a partir de los años sesenta. Aunque la corriente cristiana de Sicilia es muy crítica de las posiciones liberales –las mías propias–, también es sensible a la diversidad y respeta la pluralidad. Con ella se puede dialogar, con ella se puede construir.
Apoyo a Sicilia porque creo que su Movimiento puede convocar a la reflexión nacional sobre el tema de la criminalidad en el plano teórico y las ideas prácticas. Es preciso repensar las raíces de nuestro actual predicamento y sus derivaciones filosóficas y jurídicas. Y es necesario también tener ideas concretas, discurrir acciones (simbólicas, jurídicas, mediáticas) que tengan un impacto profundo en México y, sobre todo, en Estados Unidos: nuestros muertos financian sus adicciones.
Apoyo a Javier Sicilia por un acto de coherencia elemental. Así apoyé al doctor Salvador Nava en la tenaz lucha cívica que desarrolló durante más de tres décadas contra el torvo caciquismo del PRI en San Luis Potosí. La Marcha de Sicilia, con la imagen de Juanelo en su camiseta, me recuerda esa otra Marcha de Nava, enfermo terminal pero lleno de esperanza democrática, a la Ciudad de México. Fue un honor estar con don Salvador. Es un honor estar con Javier. l


