Celia II

Por justicia. Valdría la pena preguntarse qué derecho puede tener la sociedad, el Estado o el vecino a prohibir que cualquier persona de bien siembre, ya en la maceta o el jardín, las hierbas que prefiera para untárselas, fumárselas o bebérselas como cualquier té.

Por congruencia. Si es legal y socialmente legítimo vender y consumir drogas cuyo abuso es nocivo para la salud, y así se nos advierte en la etiqueta, ¿cómo justificar la satanización de otras que ni de lejos son causa de afecciones tan serias y extendidas como cirrosis y enfisema pulmonar?

Por estrategia. Castigar el quehacer del narcotraficante es elevar el precio de su producto, y en tanto eso premiar su osadía con ganancias geométricas, y al cabo estratosféricas. ¿Es o sólo parece un despropósito perseguir al malandro con medidas que lo hacen más y más rico?

Por lógica. No se puede esperar que la despenalización de las drogas convierta a quien fue narco en persona de bien, pero sí que le corte el flujo ilimitado de efectivo, y con él su infinito poder corruptor. ¿O es quizás un secreto que entre más rico es uno, menos entra en la cárcel?

Por decencia. ¿Merecen los adictos ser tratados como enfermos… o condenados a sobrevivir al purgatorio infame de esas cárceles freelance que son los anexos? ¿Qué porcentaje de ellos podría pagarse unas buenas semanas en Oceánica, Monte Fénix o algún equivalente californiano? ¿Cuántas clínicas de rehabilitación podrían construirse y mantenerse con sólo una porción del dinero invertido en la guerra de nunca acabar?

Por la familia. Si lo que se defiende con la guerra a las drogas es la familia —más la salud, la vida y lo que al señor cura se le ocurra— las decenas de miles de muertos y encarcelados en el empeño demuestran que el remedio es varias veces peor que la enfermedad.

Por conveniencia. Cuarenta años atrás, las compañías tabacaleras empleaban por aval a médicos pagados por decir que el cigarro era inofensivo. Aun si las compañías mariguaneras del futuro no van a dar a mejores manos, quedarán cuando menos sujetas a controles sanitarios, a la vista del público escrutinio y por supuesto a merced del fisco.

Por seguridad. Prohibición y castigo obligan al consumidor a amarchantarse con bandas criminales, y eventualmente mirarse indefenso frente a un poder de intimidación y revancha cuyas leyes son aún más severas y crueles. Habrá quien se le escape a la policía de los buenos, no así a la de los malos.

Por derecho. Amén de la prerrogativa elemental de vivir seguro y en paz, al ciudadano le asiste el derecho a ser alertado e informado en torno a las substancias cuyo consumo el Estado permite, controla y reglamenta. Nada habría más justo y necesario que destinar los ingresos fiscales por la comercialización de las drogas a campañas y acciones preventivas, en lugar de seguir derrochando el dinero de todos en balas, juicios, rejas y sarcófagos.

Por salud. Si las substancias criminalizadas son, en efecto, tan peligrosas como se nos dice, parece cuando menos irresponsable dejar su producción y venta en manos de rufianes, siempre más ocupados en esquivar a perseguidores y enemigos que en cuidar la presunta pureza del producto.

Por la imagen. A ojos adictos, los perjuicios causados por la droga parecen inferiores a sus recompensas. ¿Cómo no va a lucir atractiva la idea de probar una cierta substancia misteriosa en torno a la cual se arman tamañas matazones? Placer prohibido al fin, el de la droga obtiene su sex appeal de todo cuanto la hace condenable.

Por ética. En la guerra a las drogas el ciudadano se parece al inversionista cuyo dinero es invertido en bonos de una empresa condenada a la eterna bancarrota, cuyos competidores, cada día más ricos, además lo intimidan y amenazan. En términos más simples, se diría que estamos pagando protección.

Por sentido común. ¿Cuál es la matemática estrambótica que nos permitiría comprender una guerra a las drogas que mata varios miles de personas al año, allí donde las muertes por sobredosis difícilmente llegan a quinientas?

Por caridad. Es obsceno que a la vista de tanta pobreza extrema y tan escasos medios para superarla, persista allí el magneto de ese negocio inmenso del que cualquiera puede obtener el acceso y ninguno el control. Si al Estado ya se le dificulta el trabajo de hacer crecer las oportunidades reales, tendría cuando menos que cercenar las falsas.

Por decoro. Va a ser muy vergonzoso que de aquí a cincuenta años se nos mire como a una tribu de fanáticos hipócritas y atávicos, habituados a borrar con el codo cuanto habían escrito con la mano.

Xavier Velasco - Milenio Diario - Agosto 9, 2010.

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4 Responses
  1. Delia Gámez Says:

    Hola Perracas
    "Tribu de fanáticos,hipócritas y atávicos", y que otra cosa podría decirse de nuestra posición respecto a la legalización de las drogas, si Europa que nos lleva años luz en aprendizaje social lo ha hecho precisamente por estas razones, que nos cuesta voltear a ver los resultados en otros lados, pero no como dice el artículo, estamos mas pendiente del señor cura que del sentido común, además al que fuma un cigarro lo hace a la luz del día y enseguida de tí y el "mariguano" tiene que esconderse porque es juzgado dándole una connotación "moral" al asunto, está muy difícil todavía porque nos falta mucho desarrollo, y lo peor quizá y espero que no muchos muertos de esta mentada guerra...saludos amigas


  2. Cecy W Says:

    Vengo llegando de la "Isla del Padre" en Texas. Me dió demasiada tristeza cuando un par de "gringitas" en sus setenta años me dieron - literalmente - el pésame por mi país.
    "Tan hermoso país", me dijeron, "lleno de gente muy trabajadora, no puede ser que estén pasando por esto... estamos rezando por ustedes"...
    Al principio me impresionó, luego me molesté un poquito porque pensé "méndigos gringos también ustedes son parte del problema", pero luego me dió una infinita tristeza... y precisamente todo el camino de regreso pensaba que una buena idea para que esto acabe es la legalización... No creo que nos vaya peor...

    Nos vemos pronto..., ando en mi tierra que se encuentra en estado de pánico y en estado de reconstrucción. Nunca había visto a los regios así. Palabra, esto es miedo generalizado. Si hay algo que une a los mexicanos hoy en día es el miedo y la parálisis.


  3. Delia Gámez Says:

    Hola AMIGA
    Que fuerte es esto que nos comentas, tanto el comentario de las gringuitas, como lo que pasa por tu tierra, espero que podamos platicarlo personalmente, y sí desde hace mucho tiempo pienso que la legalización sería un buen paso, pero no el único para este problema, porque el trabajo es mucho para desandar lo andado, en fin un abrazo a todas...


  4. Graciela VC Says:

    Amigas, qué gusto saber de ustedes. Celia, me encanta el blog, prometo entrar más seguido y comentar.
    Definitivamente estoy a favor de la legalización de la marihuana, más que nada porque no es lógico que el cigarro se venda como pan caliente (incluso a menores de edad)siendo una sustancia tan dañina para la salud. Finalmente, cada quién debe hacer uso de su libre albedrío para probar o no, utilizar o no, lo que le venga en gana, eso sí, siempre y cuando no afectes a los demás.
    Sin embargo, veo que el problema no está realmente en la marihuana sino en todas las demás drogas que proliferan hoy en día (coca, anfetaminas, extasis, etc.) qué vamos a hacer al respecto?
    Ceci, es cierto lo que comentas, es una tristeza que nuestro país esté en picada, ¿y la solución? está en chino.

    Saludos amigas!!!